

El murmullo del mar
“En los tiempos de Anaximandro y por mucho después, no era costumbre para los autores preferir títulos a sus escritos.»…”Eforo fue, aparentemente, el primer geógrafo e historiador que dividió su trabajo en «libros».»…» Por lo tanto podría muy bien suceder, que uno y el mismo libro fuera representado en los catálogos por varios títulos.»… «Mientras que los Suidas, Diógenes Laercio, y Eusebio concuerdan en atribuir la invención del reloj de sol a Anaximandro, los griegos, de acuerdo a Herodoto, aprendieron el uso del dial y las divisiones del día de los Babilonios.»… «Pero hay evidencia que los amaneceres y las puestas del sol en los solsticios y equinoxios fueron en tiempos tempranos, usados tanto para propósitos geográficos como astronómicos. Es significativo que no hay una referencia cierta a la altura del sol al medio día hasta que el descubrimiento fuera hecho en el tiempo de Eratóstenes que el sol en el solsticio de verano, era vertical sobre Siena.» (De «El libro de Anaximandro», por W. A. Heidel)
Apabullados como estamos para asistir a la presumida avasallante evidencia del progreso, asombra ver ciertas similitudes prácticas (seguramente debidas a factores insospechados en los que no es la idea profundizar) como la dificultad de catalogar de hace 2700 años y los problemas de las librerías actuales (¿en que sector de Barnes & Noble están hoy los libros de filosofía?-¿autoayuda? ¿religión? ¿no-ficción?), sobre todo y sintomáticamente, se presenta en la ubicación en los estantes de pensadores sin utilidad práctica (la autoayuda y la religión ostentan un reconocido pragmatismo), como si inevitablemente en el pensar se mezclara ciencia, poesía, narrativa y ese amasijo haya dado a luz algo otro (recordamos a Parménides, todavía disputado entre la poesía y la objetividad de ideas exigida, o a Lucrecio, todos navegando, en nuestra percepción, en dos mares a un tiempo), que juega a pugnar por un reconocimiento que no quiere, a sabiendas que no es otra cosa que esa varita que convertiría su carroza en zapallo, impedimentos todos a las pretensiones de avance que disponen de razones más poderosas que los tigres de Borges, refregando las multiplicaciones más que geométricas de procesamiento que, a expensas de un gasto de energía brutal de impredecibles consecuencias, nos presentan a la IA como un salto inédito hacia adelante, sin tener en cuenta que su acomodamiento en eso que es, trae aparejadas homeostasis diversas e inabarcables que solo permiten. la verificación de resultados provincianos (por más que, una vez más, nos mareamos con la posibilidad de desembarcar en Marte-es curioso como los poderosos, sin saberlo, enfocan brillantemente su poderío en lo que no puede ser discutido), que adquiere su superioridad en la promesa de más años de sobrevivencia, tan apreciados, capaz de dejar en punto ciego eso que atraviesa sin mejora, que nos hace sorprender cuando leemos que los griegos tardaron tanto en entender el mediodía – y es en estos costados simples en los que podemos encontrar, sin interferencia de las objeciones basadas en la disponibilidad o no de instrumentos -, dejando al desnudo la estructural estrechez que invade a abordajes que deben sus éxitos no a un poderío intrínseco debido a genios individuales, sino a constelaciones que incluyen inusitados e impensados ámbitos, capaces de convertir en mito lo que en su momento fue ciencia, dando testimonio de ese magma caótico que autoriza con verosimilitudes garantizadas, cualquier narrativa dispuesta a diseccionar y explicar mundos repletos de intereses pero indispensables para preparar ese golpe de gracia que nos hará percibir de un plumazo esa amalgama indiscernible pero a la vez ofrecida para que distingamos, en su unión, filosofía, poesía y ciencia, sin prominencias, cada una con la facultad de liderar a las demás, como burbujas en una olla mágica que aparecen y desaparecen y que solo precisan de ojos entrenados (y ese es el esfuerzo sin pacto de recompensa que se nos exige), como los oídos de Leibniz, capaces de reconocer cada gota en el murmullo indistinguible del mar.