

El contacto directo
«Esa persona que está en el estado mental correcto, lo es independientemente de donde esté y con quien esté, mientras que aquellos que están en el estado mental equivocado encontraran que este es el caso dondequiera que está y con quienquiera que estén.»…»No es solo la mala compañía, sino también la buena compañía la que puede obstruirlos, no solo la calle, sino también la iglesia, no solo palabras y hechos malvados, sino buenas palabras y hechos, porque la obstrucción está dentro de ellos, ya que en ellos Dios no se ha convertido en todas las cosas.»…»Esta verdadera posesión de Dios se encuentra en el corazón, en un movimiento interior del espíritu hacia él y luchando por él, y no solo en pensar en él siempre y de la misma manera.»…»Más bien deberíamos tener un Dios vivo que esté más allá de los pensamientos de todas las personas y todas las criaturas.» (De «Selected Writings, por Meister Eckhart)
No puede más que despertar nuestra curiosidad (en realidad, lo primero es nuestra fascinación ante un evento que podemos equiparar con la emoción ante una obra de arte y luego la sucesión de investigaciones y racionalizaciones que llenarán espacios) el intento de los ortodoxos Dominicanos de solucionar el problema de las beguinas, un desorganizado grupo de mujeres que en el siglo XI renegaban de la iglesia como mediadora del verdadero viaje espiritual – ¿podemos siquiera pensar su valentía? -, epitomizadas al extremo por Marguerite Porete, autora de «The mirror of simple souls» (¿se puede definirla como autora a la misma persona que escribió para perderse?), muerta, como no podía ser de otra manera y luego de torturas varias para torcerla hacia la razón, en la horrible hoguera de los piadosos, después de una vida dedicada a encontrar lo mismo que el emisario supuestamente encargado de aportar aquella solución necesaria para mantener el poder que ignora que el fisgón es también y maravillosamente portador de descarrilamiento sin necesidad de contaminación, como si los Dominicanos supieran sin saber que Meister Eckhart, definitivamente infectado, fuera el único capaz de encontrar la fachada para oficiar de antídoto a una revuelta imposible de detener, mas allá de cualquier devenir, toda vez que ellos mismos presentaban incipientes signos de corrupción, quedando como última alternativa el armado de apariencias que justificara la pira inapelable para las brujas blasfemas, sin darse cuenta que las cenizas mismas darían testimonio de aquel aborrecido y a la vez temido contacto directo que persiste en su promesa.