

El absoluto sinsentido
«Toda la tierra en la que vivimos debe tener, según Fechner, su propia consciencia colectiva. De la misma manera cada sol, luna y planeta; también todo el sistema solar debe tener su propia consciencia mas amplia, en la que la consciencia de nuestra tierra juega un papel. Asi todo el sistema de estrellas como tal tiene su consciencia; y si ese sistema de estrellas no fuera la suma de todo lo que es, materialmente considerado, luego el sistema completo, junto con cualquier otra cosa que pueda ser, es el cuerpo de esa consciencia absolutamente totalizada del universo a la que los hombres dan el nombre de Dios.»…»Es concebible que no sufran conscientemente si el agua, la luz y el aire se retiran de repente?”. ( De “Complete Works of William James»)
Sabemos – solo hay que seguir leyendo – que James no comulgaba con las ideas de Fechner y quizá esa sea una buena razón para preguntarnos acerca de su fascinación que podemos adjudicarlo al entremezclado sin distinción de forma y contenido, porque la atracción que genera depende también (y quizá el error sea el querer adjudicar porcentajes de influencia en indecidibles, cuya principal característica es la de impedir la cadena causal) de una prosa que enamora y nos obnubila para llegar a esa confusión tan esclarecedora mostrando (y acá estamos de lleno en un punto crucial que trataremos de rozar en algún otro escrito, convertido en razón por la cual el pragmatismo – como no podía ser de otra manera – también falla (pero falla cuando cree que se ha escapado – les non dupes errant)), aunque también podemos seguir jugando al dualismo e ingresar de lleno al contenido, tratando de capturar esa consciencia de círculos concéntricos cada vez mas amplios (y es cierto que aquí nos internamos en un túnel difícil de salir, con el “hard problem» de la consciencia y su composición atómica, holística o como sea – pero, como en toda idea, solo nos es dado tomar partes y deshechar el resto (aunque lo que a primera vista parece un impedimento puede ser al mismo tiempo una bendición)) en la dirección opuesta a la angustia (es recomendable en este punto «Encounters at the end of the world», de Werner Herzog, en donde nos agobia la agonística que nos revela el microscopio), porque si trazamos la flecha desde la lucha permanente por la subsistencia de las bacterias, pasando por cuerpos cada vez más organizados, llegaremos al punto en que estaremos convencidos que cualquier acción posible tiene como destino la dilución en un océano inmutable, convirtiendo a nuestras mas razonables decisiones en absolutos sinsentidos.