La palabra sin contenido

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La palabra sin contenido

«Las palabras del Sr Balfour: ‘Las energías de nuestro sistema decaerán, la gloria del sol se atenua­rá y la tierra, sin mareas e inerte, ya no tolerará la raza que por un momento ha perturbado su soledad. El hombre irá al fondo del pozo y todos sus pensamientos perecerán. La incómoda consciencia que en este oscuro rincón ha roto por un breve espacio el feliz silencio del universo, estará en reposo. La materia ya no se conocerá a sí misma. Los» monumentos imperecederos» y los» he­chos inmortales», la muerte misma, y el amor más fuer­te que la muerte, serán como si nunca hubieran sido. Tampoco nada de lo que sea, será mejor o peor de lo que el trabajo, el genio, la devoción y el sufrimiento del hombre se han esforzado a través de innumerables generaciones a llevar a cabo’.» (De «Complete Works of William James”)

Si previo a la construcción de las teorías más abstrac­tas se perfila siempre una emoción existencial (Nishida nos decía que aún es el caso de la suma de los 180º de los ángulos internos de un triangulo), deberíamos advertir que James sufría de depresiones constantes, períodos en los que se acercaba peligrosamente al suicidio (¿quizás haya influido su peregrinar por la pintura – vetada por su padre -, la medicina, la fisiología, la psicología – en búsqueda de legitimar una vida que parecía no pertenecerle?¿y más allá de lo útil de la bio­grafía, no corremos el riesgo de invalidar ideas que se desprenden de un destino demasiado humano? – al fin y al cabo, si así fuera, deberíamos desterrar, in­cluso, a las ideas que consideramos más geniales e inspiradoras (de ahí la estupidez manifiesta de la cul­tura de la cancelación en la era aún más estúpida y renta­ble de las redes sociales)), mostrando ese sello en cada desarrollo de su pragmatismo que pareciera haber inten­tado como exorcismo para sus tendencias (¿no escribía Foucault para «perder la cara»?), como si la escritura no fuera otra cosa que constelaciones únicas (¿de átomos, de vibraciones, de cuerdas? – qué importa) que pertene­cen a un desenvolvimiento del que somos parte – y quizás por eso mismo, imposible de atrapar en leyes – desacralizando las profesiones que se arrogan cuotas de seriedad inexistentes, y destinando a las letras a un cometido que excede el contenido, como lo demuestra el goce inexplicable que se desprende de un texto que, con soporte científico (que reconocemos de inmediato como local y limitado), nos augura un futuro de desaparición que paradójicamente nos estremece con una felicidad inexplicable.