

Lo místico y la explicación
«La actitud del Sr. Wittgenstein hacia lo místico, su actitud sobre esto surge naturalmente de su doctrina en la lógica pura, según la cual la proposición lógica es una imagen (verdadera o falsa) del hecho, y tiene en común con el hecho una cierta estructura. Es esta estructura la que la hace capaz de ser una imagen del hecho, pero la estructura en sí misma no se puede expresar con palabras, ya que es una estructura de palabras, así como de los hechos a los que se refieren.» …»Lo que causa vacilación es el hecho de que, después de todo, el Sr. Wittgenstein se las arregla para decir mucho sobre lo que no se puede decir, sugiriendo así al lector escéptico que posiblemente pueda haber alguna escapatoria a través de una jerarquía de lenguajes, o por alguna otra salida.» (De «Tractatus Logico -Philosophicus» de Ludwig Wittgenstein, introducción Bertrand Russell)
El conjunto de todos los conjuntos que no son miembros de sí mismos (si ese conjunto es miembro de sí mismo entonces no es miembro de sí mismo y si no es miembro de sí mismo, entonces es miembro de sí mismo), es el golpe por el cual Russell apela a la teoría de los tipos —para evitar la autorreferencialidad (que de esto simplemente se trata). Russell se embarca en la torre de tortugas (recordemos algunas representaciones mitológicas en la que vemos tortuga sobre tortuga para sostener el mundo que irremediablemente flota en la última que nos sea dado dibujar) que nada soluciona (aunque con cierto grado de obsecramiento vuelve a proponerlo como salida en su crítica), dejando al descubierto una vez más (recordemos que se trata en realidad de la aporía en la que nos posiciona Epiménides, cuando, siendo él mismo cretense, nos dice «Todos los cretenses mienten») la contradicción que desde otros ángulos experimentara Gödel y el mismo Turing con su Halting problem (en Gödel bajo la forma de los sistemas simbólicos que no pueden ser completos y consistentes — alguna proposición no podrá ser demostrada dentro del mismo sistema —, y en Turing, impidiendo la utilización del algoritmo aplicado a sí mismo), y por la que Wittgenstein no encuentra mejor salida que el abandono del campo de la lógica, ante la mirada desconfiada de Russell, porque a pesar de su renuncia, lo ve completar su libro pletórico de símbolos, como si la metonimia infinita fuera solo el vacío enmascarado desde donde pretende mostrarnos algo en el lugar en donde ciegamente siempre exigimos una explicación.