La destrucción de la caja

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La destrucción de la caja

«Toda proposición es el resultado de aplicaciones sucesivas de la operación N(eta) a las proposiciones elementales.» … «Por lo tanto, las proposiciones de lógica no dicen nada (ellas son las proposiciones analíticas). Las teorías que hacen que una proposición lógica parezca sustancial siempre son falsas. Uno podría, por ejemplo, creer que las palabras ‘verdadero’ y ‘falso’ significan dos propiedades entre otras propiedades, y entonces parecería un hecho notable que toda proposición poseyera una de estas propiedades. Esto ahora de ninguna manera parece evidente, no más que la proposición ‘Todas las rosas son o amarillas o rojas’ sonaría incluso si fuera cierta. Ciertamente nuestra proposición ahora adquiere el carácter de una proposición de ciencia natural y esto es un síntoma cierto de ser falsamente entendida.» (De «Tractatus Logico -Philosophicus», de Ludwig Wittgenstein)

Las proposiciones elementales corresponden a hechos atómicos y constituyen los «building blocks» de nuestra construcción de la realidad, a partir de las conexiones y desarrollos lógicos (negación, como herramienta preeminente, más conjunciones y disyunciones), que nuestro lenguaje comparte con una peculiar realidad que si bien parece alardear de cierta objetividad, no puede dejar de confesar la arbitrariedad de su existencia (los nombres básicos capturan conjuntos que podrían haber sido otros — por qué son perros tanto los caniches como los pitbulls?, recordando una vez más la enciclopedia china de Borges), que sin duda nos devuelve verdad y falsedad en los laboratorios y en el sentido común (ambos sostenidos sobre el mismo andamiaje) pero que nada dice de la constitución del mundo, toda vez que casi podríamos decir que recibimos del mundo las mismas señales que nosotros mismos emitimos (¿qué señales reciben del mundo las abejas en busca de su néctar?,¿qué señales reciben del mundo las termitas para acondicionar sus nidos?), constituyendo todo una monumental tautología — salimos de nombres arbitrarios y edificamos desde allí lo que ya está constituido desde el comienzo, como si quisiéramos engañarnos a nosotros mismos adjudicando a una perspectiva casi divina lo que no es más que una consecuencia de nuestra intervención — presos sin saberlo en una caja cerrada que solo se revelará más allá del límite de las palabras en una profundidad inefable.