La maravilla escondida

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La maravilla escondida

«Las proposiciones lógicas describen el andamiaje del mundo, o más bien lo presentan. No ‘tratan’ de nada. Presuponen que los nombres tienen significado y que las proposiciones elementales tienen sentido. Y esta es su conexión con el mundo.» … «Demostramos una proposición lógica creándola desde otras proposiciones lógicas aplicando sucesivamente ciertas operaciones, las que nuevamente generan tautologías a partir de la primera (y de una tautología solo siguen tautologías).»…»En lógica el proceso y el resultado son equivalentes. (Por lo tanto no hay sorpresas).» (De «Tractatus Logico-Philosophicus», por Ludwig Wittgenstein)

Sería necio esperar sorpresas de un diseño que proviene de una mera proyección —nada nuevo puede surgir de un espejo más allá de algunas deformidades inherentes al proceso mismo y dentro de los cálculos— porque ¿qué podríamos esperar que el ojo viera más allá de lo que su propia estructura es capaz de capturar a partir de una evolución esclava de una adaptación holística que definimos arbitrariamente (¿será la velocidad límite de la luz?, ¿serán campos y variables escondidas y en algunos casos estructuralmente imposibles de identificar?), ayudados por las controversiales leyes de la física — por no mencionar las hipótesis que también ponen en duda su misma constancia desde el Big-Bang, que a su vez instala enigmas dentro mismo de la ciencia — ¿es el tiempo una ilusión?, ¿existen innumerables Big-Bangs y vueltas al estado inicial?, ¿son los mundos paralelos la solución a los callejones de la mecánica cuántica? — y aquí caemos en la cuenta que el labor científico gira en círculos en la autorreferencialidad inevitable del lenguaje que nos define con su lógica, que no tiene más remedio que repetirse una y otra vez, como sujeto a una maldición que lo obliga a construir castillos en el aire que se esfuman después de unos pocos pasos socráticos, pero que a su vez, en otro giro increíble, constituye el fundamento de nuestra permanencia en el ser, y precisamos de nuevo rodeo — y es aquí donde vemos una vez más lo imprescindible de la quinta pata del gato — para que se nos evidencie que esa tediosa tautología que nos hace durar en el aburrimiento, esconde a la vez el secreto de alguna maravilla.