

La celda de Newton
«Por lo tanto, proporciona los ladrillos para construir el edificio de la ciencia, y dice: Sea cual sea el edificio que erijas, lo construirás de alguna manera con estos ladrillos y solo con estos.”…»Por lo tanto el hecho de que pueda ser descripto por la mecánica Newtoniana no afirma nada sobre el mundo; pero esto afirma algo, a saber, que se puede describir de esa manera particular en la que se describe, como de hecho es el caso.» («De Tractatus Logico-Philosophicus», de Ludwig Wittgenstein)
Nuestra vida cotidiana, las fábricas en donde trabajamos, solo precisan de Newton y de algunos conceptos básicos de electromagnetismo para hacerlas funcionar (quizás llegue el tiempo en que la mecánica cuántica tenga su aparición en las computadoras, o que la IA reemplace puestos de trabajo —cosa que ya sucede, sobre todo en aquellos casos en donde se expulsó a lo análogo, desplazado por lo digital), lo que muestra una vez más la eficacia del rastrillo newtoniano de la realidad, cosechando manipulaciones que hablan de progreso que otorga buenos argumentos para obturar cualquier intento (por esa razón la aseveración de Shestov acerca de que todo es posible habitará siempre el ámbito de lo metafísico), aunque al mismo tiempo que nos ofrece los ladrillos a partir de los que podemos iniciar nuestras construcciones, nos condena a la misma jaula que no alcanzamos a ver (¿no es este castigo paralelo al que Wittgenstein vio en nuestras proposiciones tautológicas y vacías, desprendidas por necesidad analítica del edificio, que nos obliga a girar una y otra vez en círculos sin posibilidad de escape?) y probablemente por ser demasiado evidente, sumado a la imposibilidad del lenguaje utilizado para reflexionar sobre sí mismo (¿no descubrió Freud que la salida —seguramente a la espera de una nueva celda— está en las grietas, en las disrupciones ajenas al lenguaje que pugnan por tomar forma? — ¿no será ese momento de encuentro con lo que elude la explicación a la espera de ser domado por el lenguaje, el signo de una revelación?), convirtiéndose a un tiempo en esclavitud y liberación, siempre y cuando seamos capaces de convivir con la angustia de la inexistencia de fundamento, que posibilitaría el conocimiento del mundo al que estamos indisolublemente unidos, a la vez que en el mismo acto de renuncia, aspiramos una y otra vez a ese saber imposible.