La amnesia metódica

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La amnesia metódica

«Porque la duda solo puede existir donde hay una pregunta; una pregunta solo donde hay una respuesta, y esto solo donde se puede decir algo.» … «Sentimos que incluso si se responden todas las posibles preguntas científicas, los problemas de la vida aún no se han tocado en absoluto.» … «Mis proposiciones son elucidatorias de esta manera: el que me entiende finalmente las reconoce como sin sentido, cuando ha subido a través de ellas, en ellas, por sobre ellas. (Debe, por así decirlo, tirar la escalera, después de haber subido a ella). Debe superar estas proposiciones; entonces ve el mundo correctamente. De lo que uno no puede hablar, es de lo que uno debe guardar silencio.» (De «Tractatus Logico-Philosophicus», de Ludwig Wittgenstein.)

En un sistema tautológico, las respuestas ya están contenidas en las preguntas, es decir, la misma forma de formularlas tiene en sí misma la contestación, denotando una analiticidad absoluta de una estructura encajada en la realidad que desde su porción rastrillada nos devuelve en espejo, lo que siempre hemos esperado, sin posibilidad de sorpresas (¿alguien espera, en su sano juicio y en su vida cotidiana que la manzana no caiga?), porque la estabilidad de las leyes de la naturaleza no es otra cosa que una postulación y la prueba también de la capacidad del lenguaje que acepta la posibilidad que le da lo real de ser capturado acorde a nuestro cableado (como la que le da a todas las vibraciones del universo que intentan perseverar), como si a una mosca, una ameba, una molécula o a un rinoceronte les fuera dada la creación de su universo particular y cerrado (¿no es el título del fanático Dawkins «The selfish gene»?), de la misma manera que a nosotros nos es permitido emitir y recibir las señales familiares del lenguaje, obteniendo lo que de antemano nos proponemos sin saberlo, aunque a la vez ese lenguaje vacío impotente para salir de sí mismo, se ofrece como jabalina indispensable, que una vez utilizada reclama olvido, como cada conocimiento que creemos capitalizar, como cada porción de saber que postulamos como firmes, que exigen una amnesia ingrata (¿quién podría enseñar filosofía o matemáticas en el ejercicio de un olvido metódico?) pero que promete, después de callar, ver finalmente el universo.