

El dios que delira
«Así, nuestras reglas generales están de alguna manera en oposición entre sí. Cuando aparece un objeto que se asemeja a alguna causa en circunstancias muy considerables, la imaginación nos lleva a una concepción vívida del efecto habitual, aunque el objeto sea diferente en las circunstancias más importantes y más eficaces de la causa. Aquí está la primera influencia de las reglas generales. Pero cuando revisamos este acto de la mente y lo comparamos con las operaciones más generales y auténticas del entendimiento, lo encontramos de una naturaleza irregular y destructiva de todos los principios de razonamiento más establecidos, lo que provoca que lo rechacemos. Esta es una segunda influencia de las reglas generales e implica la condena de la anterior.”…”Mientras tanto, los escépticos pueden aquí tener el placer de observar una nueva contradicción en nuestra razón y ver toda filosofía lista para ser subvertida por un principio de la naturaleza humana y nuevamente salvadas por una nueva dirección del mismo principio.» (De A Treatise of Human Nature, por D. Hume)
«Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otras y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira.» (De “La biblioteca total”, por J. L. Borges)
Las tres heurísticas de Kahneman (o hasta casi su libro completo Thinking Fast and Slow) empleadas en la construcción de juicios — representatividad, disponibilidad y ajustes desde un ancla — podrían sin temor a exageración ser acusadas de plagio, variantes extremadamente leves de los principios de semejanza, contigüidad y causalidad que junto con las reglas generales de Hume (que pone el origen de todo en la impresión, con una vivacidad que desborda para contagiar ideas pero siempre en la dirección de la atenuación) explican el Sistema 1 (rápido y a la mano) y el Sistema 2 (lento y juicioso), pero con una particularidad que lo distingue y lo eleva en retrospectiva, a la vista del callejón de la dualidad (Sistemas 1 y 2 separados, Freud con la disociación del yo y el ello — aunque en varios textos se le complica mantenerlos a raya y sin mezcla —, el salto insondable entre lo cuántico y la relatividad, el problema duro de la consciencia que pretende marcar el abismo con la IA, con el panpsiquismo como solución al costo de un exceso poco digerible de imaginación) del que no se ha podido escapar, que consiste en una continuidad introducida con una suavidad maestra que la torna inadvertida, sólo puesta de manifiesto cuando ataca la angustia de la influencia corporizada en los escépticos a los que no se les puede negar razón, performando la misma tesis, porque es esa misma razón que nada deja en pie, nacida en la misma superficie que los instintos, abolida toda diferencia en la igualdad absoluta de su origen, como si una flecha ya desde siempre lanzada (y por lo tanto sin raíz) fuera tomando sus perfiles de sus fricciones, la que es problema y solución, en el vértigo que implica ser lo uno y lo otro, como si al afirmar y negar todo a un tiempo se engendrara la inesperada energía para el nuevo paso de esa delirante danza divina.