La constante abducción

Screenshot
Screenshot

La constante abducción 

«Esta duda escéptica, tanto con respecto a la razón como a los sentidos, es una enfermedad que nunca puede ser curada radicalmente, pero debe volver a nosotros en todo momento por mucho que intentemos alejarla y a veces quede parecer que estamos completamente libre de ella. Es imposible bajo cualquier sistema defender tanto nuestro entendimiento como nuestros sentidos y los exponemos aún más cuando tratamos de justificarlo de esa manera. El efecto escéptico … siempre aumenta cuanto más lejos llevamos nuestras reflexiones, ya sea en oposición o en conformidad con él. Solo la despreocupación y la falta de atención puede brindarnos algún remedio.» (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)

«La tercera de las hermanas debe ser, según nuestra interpretación, la diosa de la muerte, la muerte misma, y resulta que en el juicio de París es la diosa del amor, en la fábula de Apuleyo una belleza comparable a Afrodita, en El Mercader, una mujer bellísima e inteligentísima y en El Rey Lear, la única hija fiel. No parece posible imaginar una contradicción más completa.» (De “El tema de la elección de un cofrecillo”, por S. Freud)

«Nolan, urgido por el tiempo, no supo íntegramente inventar las circunstancias de la múltiple ejecución: tuvo que plagiar a otro dramaturgo, al enemigo inglés William Shakespeare. Repitió escenas de Macbeth, de Julio César.» (De “Tema del Traidor y del Héroe”, por J.L. Borges)

La exaptación presenta de manera descarnada y maravillosa, la ceguera de lo que se desenvuelve — funciones obturadas por diques que abren compuertas insospechadas en los instantes previos, como si todo sirviera a una causa desconocida y nada pudiera ser deshechado en la flagrante ausencia de fines (y quizás ese privilegio de lo inesperado que vuelve una y otra vez a tirar los dados ocasionando permanentes reconfiguraciones sea una de las razones del fracaso de los futurólogos) —, con uno de sus innumerables ejemplos en la atención flotante de Freud, nacida de una necesidad económica (una especie de resignación a la imposibilidad de anotar o recordar todo) para convertirse en una piedra angular de una teoría (más que de una práctica) que ubica el deambular de la razón desorientada por ser ella misma implacable y al mismo tiempo imprescindible que vio Hume, en un espacio repleto de mitos y tragedias eternas (París, Apuleyo, Shakespeare), en el que tampoco asumen posiciones fijas para evitar el riesgo de universalizaciones dogmáticas — tentación que Jung no pudo evitar — ensimándose unas y otras para dar la pelea por fuera de los sistemas, — aliados insospechados del escepticismo radical que alienta gustoso el escarbado que entierra a todo cada vez un poco más, como si el salvataje consistiera en la ironía de agregar piedras al naufragio —, como Hume entrevió en el empleo de la despreocupación y la falta de atención como inesperados remedios de una angustia a la vez inevitable, nacida del convencimiento del triunfo junto con la ineluctable decepción, en la obligación de abrir y cerrar frenéticamente las puertas de la imaginación y de la razón que diluyen e instauran sin solución de continuidad las fronteras entre Shakespeare y la realidad, ambos empeñados en abducirnos.