

Las opciones
“Pues ya he demostrado que el entendimiento, cuando actúa solo y de acuerdo a sus principios más generales, se subvierte completamente a sí mismo y no deja el más mínimo grado de evidencia en ninguna proposición ya sea en la filosofía o en la vida común. Nos salvamos de este escepticismo total solo por medio de ese singular y aparentemente trivial propiedad de la fantasía, por la cual nos cuesta entrar en visiones remotas de las cosas y no somos capaces de acompañarlas con una impresión tan sensible como hacemos con aquellas que son más fáciles y naturales.»…»Un verdadero escéptico será desconfiado tanto de sus dudas filosóficas como de sus convicciones filosóficas y nunca rechazará ninguna satisfacción inocente que se ofrezca por causa de ninguna de ellas.» (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)
«Decimos pues que predomina en ellos (los enfermos) la necesidad de la enfermedad… un sentimiento de culpabilidad que halla su satisfacción en la enfermedad y no quiere renunciar al castigo que la misma significa.» (De “El yo y el Ello”, por A. Freud)
«Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos podrían enloquecer a una persona, si esta no logra olvidarles.» (De “Deutsche Requiem”, por J.L. Borges)
Una y otra vez a lo largo de la historia (que es lo suficientemente corta como para sorprenderse por esta permanente recurrencia) aparecen alertas de incompletud e inconsistencia del universo (Pirrón, Zenón, Sócrates, Zhuang Tze… Hume, Gödel, Turing, para no mencionar los laberintos de Cantor, etc., o el hueco insalvable en la misma física — cuántica o relativista o ambas a la vez o cualquier otra) que quizás deban el asombro desmedido que provocan a esa curiosa tendencia que oficia de guarida en la irrupción de las razones más poderosas que tigres, traducida en el desdibujado de los eslabones de la atención (aquí otra vez el reconocimiento mundial del descubrimiento — como todos, siempre tardío y repetido — de Daniel Kahneman y sus sistemas 1 y 2) que lejos de ser un defecto — o quizás por eso mismo — regala olvido para seguir viviendo (que, a su vez, está lejos de ser una bendición, si se reconoce que obliga a permanecer en este “samsara”, repleto de sufrimiento (“dukkha”), como lo confirmó Schopenhauer), debilitando a la razón gracias a esa pereza que anhela el límite para que el mismo Hume pueda gozar de las conversaciones con sus amigos, pero al tiempo que sorprendentemente retoma la búsqueda de las cinco patas del gato, en una condena parecida a la de Sísifo y su piedra ahogada en su destino y sin embargo ansiando reiterar su caída, en una suerte de Fort-Da filosófico (ese juego inocente y siniestro de alejar para acercar del nieto de Freud), guía de una repetición en la que quizás se esconda el secreto que se posa en las palabras y las cosas para ser sentido como la primera vez a pesar de su reiteración en miríadas de formas y reencarnaciones, impidiendo la cura, dejando como opciones el infierno, la muerte y de vez en cuando la gracia del olvido.