Las crines del potro

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Las crines del potro

«La primera de estas [propiedades de la naturaleza humana] es la asociación de ideas, que he observado y explicado con tanta frecuencia. Es imposible que la mente se fije de manera constante en una sola idea durante un tiempo considerable, ni puede con sus máximos esfuerzos lograr tal constancia. Pero por muy cambiantes que puedan ser nuestros pensamientos, no están completamente sin regla ni métodos en sus cambios. La regla por la cual procede, es pasar de un objeto al que se le asemeja, es contiguo o producido por él. Cuando una idea se presenta a la imaginación, cualquier otra unida por estas relaciones la sigue naturalmente y entra con más facilidad por medio de esa introducción.» (De «A Treatise of Human Nature», por D. Hume)

«El recuerdo de una ofensa castigada, aunque solo fuese con palabras, es muy distinto del de otra que hubo de ser tolerada sin protesta. La reacción del sujeto al trauma solo alcanza un efecto ‘catártico’ cuando es adecuado, por ejemplo la venganza.» (De «El mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos», por S.Freud)

«Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza.» (De «Funes el memorioso», por J. L. Borges)

Quizás una de las causas del revuelo provocado por la teoría cuántica no tenga su raíz en ciertas contradicciones manifiestas — con críticas siempre sobreactuadas como sucede siempre cuando nadie debería ser capaz de arrojar la primera piedra (¿puede la relatividad mofarse de la “spooky action at distance” con las singularidades que acechan en su teoría?)—, sino en su insolente representación de la verdad de la física (en realidad actuando como el otro de la física del que recibe su propio mensaje invertido — Lacan), que consiste en señalar la desnudez del rey al dejar a la vista la endeblez de los cimientos estadísticos de todo conocimiento (como todo secreto revelado, siempre ha estado en la superficie, pero enigmáticamente se necesita a Auguste Dupin para que descubra la carta demorada de la reina, que ha burlado las requisas más minuciosas, como el centro de un juego compartido en el que todos deben estar ciegos para seguir operando), como si ese reconocimiento aparejara de inmediato una parálisis mortal, elevando el fingimiento a la base de la vida, retratando a la apariencia como verdad última, que Freud vio asociada al juego de energías acumuladas y liberadas (cuyo origen da por sentado como un acto de Dios, inundado de su época), y Hume en ese perpetuo plano inclinado en el que las palabras y las cosas se deslizan irremediablemente, aboliendo la posibilidad del “salto” de a cuantos para dictaminar un arrastre perpetuo e incontrolable con vectores que generan redes dolorosas o placenteras, que se despiertan aleatoriamente haciendo intervenir a palabras y a miembros entumecidos de los cuerpos, como en esos juegos de niños en donde el cambio de pendiente del plano dirige las bolillas a cualquiera de los hoyos sin poder direccionarlos, reduciendo la cura a la quimérica captura de la plena intuición de cada imposible infinitesimal movimiento de las crines de un potro.