

El azar infinito
“No hablamos estricta y filosóficamente cuando hablamos del combate de la pasión y la razón. La razón es y debería solo ser la esclava de las pasiones y nunca puede pretender otro oficio que servirlas y obedecerlas.”…“Cuando estoy enojado estoy realmente poseído por la pasión y en esa emoción no tengo más referencia a ningún otro objeto que cuando tengo sed, o estoy enfermo, o mido más de cinco pies de altura. Por lo tanto es imposible que esta pasión pueda ser opuesta o contradictoria a la verdad y a la razón, ya que esta contradicción consiste en el desacuerdo de las ideas consideradas como copias con aquellos objetos que representan.” (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)
“El yo se esfuerza en transmitir a su vez al Ello dicha influencia del mundo exterior y aspira a sustituir el principio del placer que reina sin restricciones en el Ello, por el principio de realidad.”…”El Yo representa lo que pudiéramos llamar la razón o la reflexión, opuestamente al Ello, que contiene las pasiones.” (De “El yo y el Ello”, por S. Freud)
“En la realidad el número de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras. Los ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad basta que el tiempo sea infinitamente subdivisible, como lo enseña la famosa parábola del Certamen con la Tortuga.” (De “La lotería de Babilonia”, por J.L. Borges)
En Backrooms (película de Kane Parsons), Clark y Mary atraviesan sin mayor dificultad la separación de dos mundos, como si solo hubiera que sortear una tenue membrana para que el sorprendente pasaje se produzca, una capa sin espesor que no admite transiciones, en una partición pura (los átomos — si cabe el sustantivo — que desaparecen en un lado, reaparecen en el otro), milagro que esconde su verdadera causa, esto es, la integridad del observador (es Clark y es Mary los que recorren los laberintos ocultos e insospechados), permitiendo obviar la aporía con la que todo límite agobia (¿cuándo se puede decir que el pasaje está completo? ¿con la última neurona, la última dendrita, la mitad de una de ellas, la cuarta parte, etc.?), como en las atribuladas particiones de Freud, con el Yo tomando parte del Ello y oponiéndosele, con energías prestadas con las que debe lidiar con las pulsiones (y no es solo el placer lo que está en juego sino la muerte misma que acecha en ese barril sin fondo) —y las necesita para amortiguar el poderío totalmente desigual—, problemas que Hume corrige (probablemente beneficiado por no haber participado del paradigma energético‑entrópico que le fue destinado a Freud) desestimando la batalla y evitando especular sobre las propensiones naturales que solo se dignan a estar, otorgando una continuidad que no precisa de dudosos cambios de fase (que no pueden menos que recordar a la definición del montón de arena), bañando de impotencia a la razón a la que solo le es permitido susurrar en el intento de construir los canales que entrelazados formarán a ese yo que ya no es más un jinete con chances de definir destinos en el medio de una fatalidad inefable, resultado paradójico de la multiplicación inasible e infinita de azares.