

El secreto
«Pero este principio de la conexión del miedo con la incertidumbre lo llevo más allá y observo que cualquier duda produce esa pasión incluso cuando no nos presenta nada por ningún lado más que lo bueno y lo deseable. Una virgen en su noche nupcial se va a la cama llena de miedos y aprensiones, aunque no espera más que placer del más alto nivel y aquello que ha deseado durante mucho tiempo. La novedad y grandeza del evento, la confusión de deseos y alegrías confunden tanto la mente que no sabe en qué pasión fijarse. De donde surge una agitación o inquietud de los espíritus que al ser en algún grado incómoda muy naturalmente degenera en miedo. Entonces seguimos encontrando que cualquier cosa que cause alguna fluctuación o mezcla de pasiones con cualquier grado de incomodidad, siempre produce miedo (De «A Treatise of Human Nature», por D. Hume).
«Pues por la génesis de la neurosis es necesario que exista un conflicto entre los deseos libidinosos de un hombre y aquella parte de su ser que denominamos su yo… Cuáles, empero, pueden ser estos motivos que en tan corto tiempo hacen del ambicioso indeciso, un furioso desenfrenado [Macbeth] y de la instigadora, fuerte como el acero, una enferma destrozada… no es, a mi juicio, posible adivinarlo” (De «Los que fracasan al triunfar», por Su. Freud).
«No hay palabras decentes para nombrarlo, pero se entiende que todas las palabras lo nombran o, mejor dicho, que inevitablemente lo aluden.» (De «La secta del Fénix», por J.L. Borges.
En la película «Power Ballad» (John Carney) la sorpresa no surge del guión (pleno de lugares comunes sin mucho interés) sino de la misma inversión de lo que propone, es decir, la supuesta solidez de la autoría (sobre la que giran derechos claves en el funcionamiento de la economía, mezclados apropiadamente con cierta nobleza del amor familiar – mixtura imprescindible, como si el reconocimiento del evidente descarnado interés fuera tan insoportable como para ser disfrazado una y otra vez), rebajada involuntariamente a la posesión de tres tonos universales que desatan no solo la pelea inverosímil sino las pasiones inesperadas de millones de personas – propiedad desbaratada al momento en que Rick le da parte del resultado de su litigio a un ignoto guitarrista callejero, dueño tácito, como todos, de esos acordes – en un contagio de lágrimas y felicidad inexplicable si no nos rindiéramos a esa flotación de aquello que escudriña permanentemente para dar lugar a su encarnación, esos espíritus humanos que confunden a la mente, espectadora de un teatro que a la vez la convoca para que participe sin saber por qué, generando un vórtice alrededor del vacío – quizás sea este horror el que ha mantenido a Hume en las sombras de sus copias edulcoradas que pretenden mitigar su escepticismo (y es un horror tan desproporcionado que Hume mismo intentó anticuerpos) – que Freud intenta llenar con el tironeo de un yo que quiere pero que no quiere, transformando el éxito en fracaso, delimitando y descubriendo la supuesta clave (que no puede encontrar en Macbeth por la indeseable rapidez de las metamorfosis de las emociones, como si fuera necesaria una quietud previa a la que los conceptos terminan de maniatar), que paradójicamente se burla de todos los intentos al declararlos verdaderos a todos y cada uno.