

El Buda y el barro
«Oh, nacido noble, cuando seas llevado de aquí para allá por el viento siempre cambiante del Karma, tu intelecto, al no tener objeto sobre el cual descansar, será como una pluma lanzada por el viento, cabalgando sobre el caballo de la respiración. Incesante e involuntariamente estarás vagando. A todos los que lloran, les dirás: ‘aquí estoy; no lloren’. Pero ellos no te dirán y pensarás: ‘¡Estoy muerto!’. Y otra vez, en ese momento te sentirás muy miserable. Ilusiones aparicionales, también, de ser perseguidos por varias terribles bestias de presa surgirán. Nieve, lluvia, oscuridad, ráfagas feroces de viento y alucinaciones de ser perseguida por mucha gente igualmente vendrán y sonidos como de montañas derrumbándose y de mares furiosos desbordándose, y de rugido de fuego y de vientos feroces alzándose. Cuando estos sonidos lleguen, aterrorizado por ellos, huirás en todas direcciones, sin importar hacia dónde huyas. Pero el camino será obstruido por tres precipicios horribles — blanco, negro y rojo.» (De The Tibetan Book of the Dead, Padmasambhava – Baldock)
En alguna escala que extrañamente encima la facilidad del moribundo para su iluminación con cierta desilusión del lector — en realidad los místicos siempre decepcionan cuando lo logran —, el Bar do Thödol (que significa ‘Liberación a través de la Escucha en el estado Intermedio’, que sugiere, (¿qué otra cosa por fuera del disparo de la imaginación se puede pedir a cualquier texto sin caer en el dogmatismo de una supuesta literalidad?), asumiendo la disimetría de los participantes, la oreja atenta del emisor), presenta en orden creciente de interés los estadios de Chikhai, en donde casi solamente se asiste al Nirvana; el Chönyid, que abre 14 ventanas para lograrlo, recalando en el punto de interés, el lugar donde todo está perdido, el Sidpa, que paradójicamente parece arrojarnos al mismo lugar que posibilitó la irrupción misma del Buda, impensable sin el sufrimiento, cemento de todo su trayecto, incluyendo el que lo trae de vuelta a un mundo cargado a tope del horror que lo sigue atrayendo en una tentación que no lo diferencia del vagabundeo de las almas perdidas (y los Bodhisatvas, en su afán de distinción, reflotan la disputa acerca del «Hard Problem» de la consciencia, que no es otro que la pregunta: What is it like to be?), poniendo patas para arriba el ranking propuesto, otorgando a tan fina descripción del terror un lugar único en el proceso, como si la liberación se encimara indistinguible de cadenas furiosas, desbordando la unilateralidad del mensaje de los vivos a los muertos, partícipes todos de la misma escena sostenida por la comunidad (Sangha) que otorga sentido a la escucha, solo abierta en la navegación de la angustia que rebosa verdad, resistiendo a la cura en cualquiera de sus formas, destinada a reabrirse después de cada ilusión de serenidad que vuelve una y otra vez a hundirse en el barro.