

La traición imposible
«… debemos aceptar que el sentido de justicia e injusticia no deriva de la naturaleza sino que surge artificialmente aunque necesariamente de la educación y de las convenciones humanas.” …»Un hombre naturalmente ama a sus hijos más que a sus sobrinos, a sus sobrinos más que a sus primos, a sus primos más que a los extraños, donde todo lo demás es igual. De ahí surge nuestra común medida del deber, en preferir uno sobre el otro. Nuestro sentido del deber siempre sigue el curso común y natural de nuestras pasiones.”…»Aunque las reglas de la justicia sean artificiales, ellas no son arbitrarias.» (De «A Treatise of Human Nature», por D. Hume)
“La acción de la tragedia se halla constituida exclusivamente por el descubrimiento paulatino y retardado con supremo arte — proceso comparable al de un psicoanálisis — de que Edipo es el asesino de Layo y al mismo tiempo su hijo y el de Yocasta. Horrorizado ante los crímenes que sin saberlo ha cometido, Edipo se arranca los ojos y huye de su patria. La predicción del oráculo se ha cumplido.» (De “La interpretación de los sueños”, por S. Freud)
«Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del verbo, podía rebajarse a delator. Judas refleja de algún modo a Jesús.» (De Tres Versiones de Judas”, por J.L. Borges)
El cruce de traiciones entre Tommy, Leo, Bernie, Verna y Caspar (“Miller’s Crossing”, película de Joel y Ethan Coen), pone en evidencia la labilidad de sus adjudicaciones, aún en las supuestas aclaraciones del final (¿Tommy traicionó a Bernie? ¿Bernie traicionó a Tommy?, etc.), indicando a la vez el origen de todas las motivaciones en las pasiones que por ser naturales no merecen investigación según Hume — bajo la pena de ser declarado un metafísico perdido — (el amor a Verna como un géiser del que todo emana), en una reminiscencia confuciana, con sus círculos concéntricos (la parábola de la justicia en el encubrimiento de un hijo lo expone con claridad), replicados por Hume con el objetivo de construir el artificio para generar el carburante que la naturaleza, en su alcance provinciano, no otorga, montando los ladrillos desde lo no debatible pero al mismo tiempo despojando a la virtud de apoyos abstractos, como no podía ser de otra manera con una razón dispuesta al vasallaje, solo distinguiendo relaciones y causas y efectos para que las pasiones hagan su trabajo despiadado, representado por el oráculo, inútil a la hora de modificar un ápice del destino, aún — y lo que lo hace más sorprendente — con una descripción exacta de lo por venir, cuya letra de hierro aglutina la eternidad – al final de todo camino solo puede encontrarse el flujo indomable de lo que no puede ser descripto –, que solo consiente el relato après-coup que abre el espacio de la interpretación (y la audacia de comparar al psicoanálisis como la inversión del oráculo en la narración del despliegue de las acciones inevitables, es reveladora), embarrada en el mismo campo que pretende dilucidar, que con la temeraria pero plausible equiparación de Judas y Jesús, convierte a toda traición en imposible.