La verdad del espejo

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La verdad del espejo

«En general podemos decir que las mentes de los hombres son espejos unos de otros, no solo porque reflejan las emociones de los demás, sino también porque esos rayos de pasión, sentimientos y opiniones a menudo pueden reverberarse y desvanecerse de manera imperceptible. Así, el placer que un hombre rico recibe de su posesión, al ser proyectado sobre el espectador, produce placer y estima, sentimiento que al ser nuevamente percibido y simpatizado, incrementa el placer del poseedor y al ser una vez más reflejado se convierte en un nuevo fundamento para el placer y la estima en el espectador.”…”Aquí entonces está un tercer rebote del placer original, después del cual es difícil distinguir las imágenes y reflejas debido a su debilidad y confusión. Así como la naturaleza ha dado al cuerpo ciertos apetitos e inclinaciones que ella incrementa, disminuye o cambia según la situación de los fluidos o sólidos, ha procedido de la misma manera con la mente.»

«Del motivo personal de su trabajo el de Adler puede también hablarse públicamente, pues él mismo lo ha revelado, diciendo en presencia de unos cuantos miembros del grupo vienés: ‘¿Cree usted, acaso, que es un gran placer para mí permanecer toda mi vida bajo su sombra?’”(De “Historia del Movimiento Psicoanalítico”,  por Freud).»

«Estoy solo y no hay nadie en el espejo.» (aforismo, J.L. Borges)

En “Una noche en la tierra” y “Café y cigarrillos” (“Night on Earth” y “Coffee and Cigarettes”, películas de J. Jarmusch), se asiste a pequeñas historias —cada una a la manera de cuento opuesto a novela, favoreciendo a cierta economía de tiempo que demuestra su categoría de relleno innecesario después de un límite—, en las que se denotan con claridad idas y vueltas de mensajes que en principio no parecen conducir a nada, eliminando de plano una interpretación al estilo emisor-receptor, muy útil para cumplir propósitos, pero que, a partir de un punto poco preciso, se comportan como cinceles manejados por manos invisibles que perfilan emociones con el material insulso de tópicos repetidos cuyas incógnitas quedan sin contestar (¿qué es ser una celebridad? ¿qué es ser ciego? ¿qué es ser músico?), como si no fuera necesaria ninguna intencionalidad para que las cosas y las mentes se formen, casi como Hume presenta esa real herida narcisista en la continuidad de una naturaleza que no le importa si se está hablando de cuerpos o imaginaciones, con sus mágicas reverberaciones, todo como producto de un rebote que languidece o se activa mezclado con las infinitas series que se cruzan (quizás aquí radique el mérito (y desde otro punto de vista, de escaso valor) de la copia restringida de Kahneman para tornarlo instrumento), poniendo en la superficie a la mismísima putativa objetividad científica, en el enojo de Freud con Adler, acusado de direccionar la fundación de su «psicología individual» forzado por la «angustia de la influencia», sin reflexionar que su propia práctica tuvo su nacimiento en la pretendida huida de Breuer y Charcot, fallida como todas y cuyo fracaso debe ser oscurecido para que nazcan los autores que deben su existencia a un engaño dentro de otro, ocultando los rayos de luz que emergen del otro como la verdad del espejo.