El terror de los espejos

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El terror de los espejos

«Nuestra fantasía cambia fácilmente de situación sea examinándonos a nosotros mismos como aparecemos a los demás o considerando a los demás tal como se sienten ellos mismos, entramos por ese medio en sentimientos que de ninguna manera nos pertenecen y en los que nada más que la simpatía es apta para interesarnos. Y llevamos a veces esta simpatía tan lejos que incluso nos desagrada una cualidad conveniente para nosotros simplemente porque desagrada a otros y nos hace desagradables a sus ojos, aunque tal vez nunca podamos tener ningún interés en hacernos agradables para ellos.» (De: “Tratado de la naturaleza humana”, Hume)

«Muestra [el niño], pues, dos órdenes de enlaces, psicológicamente diferentes. Uno, francamente sexual a la madre, y una identificación con el padre, al que considera un modelo a imitar.”…»La identificación es, además, desde el principio, ambivalente, y puede concretar tanto en una exteriorización cariñosa como en el deseo de supresión.» (De «Psicologia de las masas y analisis del yo», Freud)

«Infinitas las veo, elementales / ejecutores de un antiguo pacto / multiplicar el mundo como el acto / generativo, insomnes y fatales.» (De “Los espejos”, por Borges)

Más allá (o, mejor dicho, más acá) de un potencial y vacío análisis clínico, «La profesora de piano» («The Pianist», película de Michael Haneke) estremece por la puesta en escena de contagios que no están relacionados con reconocidos virus — que conlleven la contrapartida de su siempre posible neutralización por las ciencias médicas, a través de la excitación de los cuerpos para contrarrestarlas, en una manipulación focalizada que desatiende todo lo demás — sino con invisibles enlaces que conducen, entre innumerables cosas, lo que socialmente se llama locura, que atraviesa al padre (muerto en un hospicio), a la madre y a la misma Erika, y, para desechar cualquier explicación de deformidades genéticas (tan veneradas por quienes buscan antídotos a la incertidumbre existencial), recorre como una descarga eléctrica el cuerpo y la mente de Walter, un joven talentoso, deportista y bien parecido, que queda sin rumbo al ser alcanzado por el halo de la irradiante profesora que descubre en paralelo a mundos perfectos, corrientes vertiginosos que vienen y van como verdaderas partículas, disueltas en vibraciones, descubiertas en ese espacio en el que las metáforas de la física moderna hace indistinguible la materia de un fantasma, descubiertas por Hume y que por su abundancia y reverberaciones, solo pueden ser descriptas en una causalidad retrospectiva y que Freud restringió a papá y mamá (en una jugada con garantía de éxito, inserta dentro de los círculos más y más amplios, susceptibles todos ellos de enquistarse en un punto final a tanto insoportable reflejo), para contraponerlo como un parapeto al agobio de la intolerable variabilidad producto de una infección ubicua que desdibuja hasta la desesperación cualquier trinchera imprescindible para la vida, ofreciendo el demoledor espectáculo de un universo que se desenrolla en algoritmos, todos interpenetrados con el solo objeto de una pavorosa e indiferente multiplicación que los espejos parecen querer, desesperadamente, señalar.