

La irrupción del prodigio
“… y recordando y aprehendiendo instantáneamente, la mente es capaz de ser cambiada (o influenciada). Por lo tanto, es muy útil la enseñanza aquí. Es como el mecanismo de un catapulta. Es como mover una gran viga o tronco de madera que 100 hombres no pueden llevar, pero que al ser flotada en el agua puede ser remolcada en un instante. Es como el control de la boca del caballo mediante una rienda.”…”La Doctrina es una que libera al ser vista, sin necesidad de meditación o sadhana. Esta Profunda Enseñanza libera a aquellos con gran Karma maligno a través del Camino Secreto. No se debe olvidar su significado y las palabras incluso cuando se es perseguido por siete masttines.” (De “The Tibetan Book of the Deaths”, por Padmasambhava – Baldock). “Lo adquirí en un pueblo de la llanura a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer… Era de la casta más baja… Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el Libro ni la arena tienen ni principio ni fin… Prisionero Libro, casi no me asomaba a la calle.” (El Libro de Arena, Borges)
La obscenidad detectada por Borges en el Libro de Arena parece ser compartida por los escritos sagrados, probablemente por la tentación de adjudicarle la propiedad de autoreflexividad que destruye la lógica (Cantor anidando infinitos por recurrencia hasta llegar a Dios y Gödel dando cuenta de la incompletud de la lógica de 2º orden, para no volver sobre Russell) por la voracidad sin límites, en el caso del Libro de Borges, epitomizada en la renovación constante de sus páginas que inevitable deben incluirlo a él mismo (el universo se modifica cada vez que se abre, agotando la libreta que pretende capturarlo) y en los Caminos Secretos, reflejada en la recitación repetida de palabras con el punto de llegada en su propio vaciamiento que las convierte en singularidades que absorben todo, sujetas al exceso que debe ser vomitado en un ciclo sin fin de captura y liberación de un balance insostenible que obligan a Borges a deshacerse del Tesoro, escondiendolo misericordiosamente, fuera de cualquier alcance, como si solo el conocimiento de su existencia provocara un descalabro universal, idea que impulsa la duda acerca de la generosidad de compartir la monstruosidad de lo que se juzga completo, fuera de toda posibilidad razonable, origen probablemente de las contradicciones para la definición del proceso (¿es una catapulta, en la que somos arrojados sin destino y sin voluntad?¿es flotar en cierta no-interferencia sobre un ignoto Dao?¿es domar una naturaleza hostil, con riendas que ponen en caja el mal que viene adjunto al origen?¿es solo un golpe que esteriliza cualquier intento erudito de samadhi?), esperables en un ámbito que no admite otra cosa que la explosión en cada manifestación de no sabemos que, solo ordenada en la medida en que la supervivencia nos pone a salvo para testimoniar del aura del prodigio que siempre ya está por irrumpir.