La solución y su olvido

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La solución y su olvido

“Una persona que se entrega a cualquier placer mientras su amigo está afligido, siente el malestar reflejado de su amigo más sensiblemente por una comparación con el placer original que él mismo disfruta. Este contraste, de hecho, debería también avivar el placer presente. Pero como aquí se supone que la pena es la pasión predominante, cada adición cae de ese lado y se absorbe en ella sin operar en lo más mínimo en la afección contraria. Cuando la inferioridad decrece por la elevación del inferior, lo que debería haber sido solo una disminución del placer se convierte en un dolor real, por una nueva comparación con su condición precedente.”… ”Pero debemos considerar, por el otro lado, que la gran desproporción corta la relación, y ya sea que nos impide compararnos con lo que está remoto de nosotros o disminuye el efecto de la comparación.” (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)

“Nuestro presente trabajo se refiere casi exclusivamente al desarrollo sexual en los individuos masculinos.”…”No es difícil observar que la niña comparte la elevada valoración que su hermano concede a los genitales masculinos. Muestra por esta parte del cuerpo de los niños un vivo interés, en el que no tarda en transparentarse la envidia.” (De “Teorías sexuales infantiles”, por S. Freud)

“Yo no hablo de venganzas ni perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón.” (Borges)

De los múltiples desprendimientos a los que los escritos de Freud han dado origen (y es probable que la cantidad de ramificaciones sea una medida de algún hallazgo fantástico), además de las conocidas controversias con cierta tendencia al misticismo de los arquetipos Jungianos —que supuestamente estratifican el cielo (no tan) abierto por Freud— o con el reduccionismo sobre el poder de Adler, Lacan recorta una nueva oposición, siempre necesaria, entre un psicoanálisis ético y europeo y uno americano y del “yo”, ajeno a otra preocupación que no sean los resultados obtenidos en la relación cliente-proveedor, evitando enfrentarse con su propio eslogan del propio mensaje invertido desde el otro, constituyendo a su denostado enemigo en su propia verdad (¿qué es la envidia del pene —fundamento indispensable— sino la traducción de las transacciones del poder de su tiempo, que llena de nubarrones aquel putativo cielo despejado?), obligando a girar la mirada al escepticismo siempre acechante de Hume que remueve y sacude las pasiones hasta hacerlas imposibles de localizar, bamboleándose hacia un lado y hacia otro sobre un pivote de la naturaleza, destinado a ser ignorado, de acuerdo a una distribución de pesos en la borda inescrutables hacia adelante, que a través de su virtud de impedir profundidades (equiparando aquí a todo intento científico, en su compulsión a descubrir honduras que justifiquen la profusión de disciplinas que dan batalla para ser elegidas — de las que cualquier forma de psicoanálisis no es la excepción), devela, siguiendo sus propias reglas, una silenciosa salida del laberinto, imposible de ser defendida porque al momento de ser pronunciada, debe borrarse en el olvido.