

El pegamento inefable
«Si, entonces, ninguna causa o razón puede ser dada que prevenga la existencia de Dios, o que destruya su existencia, debemos ciertamente concluir que él necesariamente existe. Si tal razón o causa fuera dada debería provenir de la misma naturaleza de Dios o ser externa a él — esto es, provenir de otra sustancia de otra naturaleza. Si fuera de la misma naturaleza, Dios, por ese mismo hecho, se admitiría existir. Pero la sustancia de otra naturaleza no podría tener nada en común con Dios (por Prop II) y por lo tanto sería incapaz de causar o destruir su existencia.» (De “Ethics», por B. Spinoza)
«Roma y Grecia arrastraron el arte hasta sus fauces y lo destruyeron; un estado belicoso nunca puede producir arte. Robará, saqueará y acumulará en un lugar, traducirá, comprará, venderá y criticará, pero no creará. La Forma matemática es Eterna en la Memoria Razonadora. La Forma Viviente es la Existencia Eterna.» (De “On Homer’s Poetry…” por W. Blake)
«He escuchado que hay una tortuga sagrada en Chu, muerta ya por 3.000 años, que el rey guarda en un cofre de bambú en lo alto de su santuario; ¿Crees que esta tortuga preferiría estar muerta y tener su cadáver exaltado, o viva arrastrando su cola por el barro?» (Zhuangzi)
Como todo lo que rompe, el fallido matrimonio de Anna y Maggi (“El amor que permanece” — “Astin sem eftir er”, película de Palmason, cuyo título original traducido es “La parte restante”, al que se debería volver), revela una potencial verdad del sistema familiar (como si las cosas debieran fracturarse para que aparezca su sostén), lejano a cualquier fundamento, flotando como una nube que se deforma siempre a punto de desaparecer, ofreciendo a la vista la endeblez del pegamento (Anna aferrada a un arte que no conmueve — su galerista préfère hablar de los beneficios ocultos del vino —, sus hijos ligados por juegos que finalizan en accidentes, Maggi viendo desenredar las lingas en un pesquero y convirtiéndose en un náufrago tironeado por las mareas), problema omnipresente cada vez que se pretende coherencia, transformando toda tentativa en globos-mónadas que se disponen en el aire, ofrecidos a quienes quieran echarle mano, evidentes aún en el more geométrico spinoziano, con axiomas y proposiciones que disimulan su petición de principio, en razonamientos circulares que aseguran el andamiaje de su propia estera, como si la unión de las cosas solo fuera posible en cierta clausura que desplaza los abismos hacia afuera, sin chance de desbaratar cualquier otro intento que navega a su lado, con miradas de reojo que abjuran de cualquier influencia, fortaleciendo la idea de juegos de lenguaje (¿qué se podría encontrar en común entre la Ética y la Existencia Eterna?) que se cae apenas se esgrime (el cuerpo y el alma son expresiones de lo mismo en Spinoza y en Blake), iluminando en ese momento a la tortuga de Zhuangzi, ávida de arrastrarse en el barro que se transforma mágicamente en un pegamento inefable.