El galope eterno

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El galope eterno

“La materia es en todas partes la misma, sus partes no son distinguibles excepto en tanto concibamos la materia diversamente modificada, donde sus partes son distinguidos, no realmente, sino modalmente. Por ejemplo, el agua, en tanto es agua, la concebimos como dividida y sus partes como separadas una de la otra; pero no en tanto como sustancia extendida; desde este punto de vista no es separable ni divisible. Además, el agua, en tanto es agua, es producida y corrompida; pero en tanto es sustancia, no es producida ni corrompida. (De «Ethics» por B. Spinoza)

“El orgullo del paro real es la gloria de Dios / La lujuria de la cabra es la generosidad de Dios / La ira del León es la sabiduría de Dios / La desnudez de la mujer es obra de Dios. El exceso de dolor ríe / El exceso de alegría llora.” (De «Proverbs of Hell», por W. Blake)

“Recibimos de él una forma completa, un cuerpo específico completamente formado y solo lo mantenemos vivo anticipando constantemente su final, lacerándolo contra todas las casas que nos rodean, todo lo que hace pasa y se aleja como un imparable caballo galopante; ¿no es triste?” (Zhuangzi)

El profesor Uchida («Madada yo», película de A. Kurosawa) repite —sabiéndolo y sin saberlo, a propósito e involuntariamente— al monje Kamo no Chômei, habitante de una choza que le inspira su Hōjōki (“pensamientos desde mi cabaña”), en un deliberado desafío de lo contingente a la eternidad, forjando cierta aquesta imposible con la muerte (todos los años, la pregunta «Mada Kai?» —»¿está listo?»— se estrella con «Mada da yo!» —»¡no todavía!»—), como si fuera posible decidir su momento marcado por una sabiduría que permitiría hacerse uno con Chômei para hacerlo carne definitivamente («La corriente del río jamás se detiene, el agua fluye y nunca permanece la misma. Las burbujas que flotan en el remanso son ilusorias: se desvanecen, se rehacen y no duran largo rato.»), misterioso por su misma simpleza que aspira a una continuidad sin vacío, la misma que Spinoza intenta capturar, desechando a las partes que exigen ser pegadas para convertirlas en una sola cosa ondulante y resbaladiza, capaz de adoptar infinitas formas, que excede incluso la posibilidad de desenmascarar el holograma que daría la clave del todo (el holograma implicaría destinar a la parte inexistente por principio a que explique el Todo — David Bohm y su onda piloto traducirá esta intuición a una física abortada por sus escasos fines prácticos), impidiendo la chance de cualquier Aleph capaz de contar la historia prescindiendo del tiempo, exponiendo en su crudeza el problema de ese pliegue imposible y a la vez de una evidencia apabullante que Nagarjuna advirtió, equiparando verdad aparente con verdad última, dejando intacto el dilema de cómo hundirse en esa cosa espesa para ser lo que siempre se ha sido, con la gracia de detectar en el imparable galope del caballo la mismísima eternidad.