La inteligente miseria

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La inteligente miseria

«… nosotros, en muchos casos, percibimos y formamos nuestras nociones generales:1) De cosas particulares representadas a nuestro intelecto fragmentariamente, confusamente y sin orden a través de nuestros sentidos. De símbolos, e.g., del hecho de haber leído o escuchado ciertas palabras recordamos cosas y formamos ciertas ideas de ellas, similar a aquellas a través de las cuales imaginamos cosas. Llamaré a ambas maneras de considerar las cosas, conocimiento del primer orden, opinión o imaginación.2) Del hecho que tenemos nociones comunes a todos los hombres e ideas adecuadas de las propiedades de las cosas; a esto le llamo razón y conocimiento de la segunda clase. Además de estas dos clases de conocimiento, hay, como mostraré, una tercera clase que llamaremos intuición (“Ethics”, Spinoza).

«Por supuesto —recé— ¿Y a Dios le importó? Le importó tanto como en el Aire / Un Pájaro — que hubiera golpeado su pata — / Y gritado «Dame!» — / Mi Razón — Vida — / No las habría tenido — sino por Ti mismo — / Sería mayor Caridad / Dejarme en la Tumba del Átomo — Alegre, y Nada, y jovial y entumecida — / Que esta inteligente miseria.» (376, E. Dickinson)

Lo que mueve a los sacerdotes Rodrigues y Garupe — en particular, a Rodrigues — (película “Silencio”, M. Scorsese) a arriesgar sus vidas no es su deseo de evangelización del Japón, sino los rumores de la apostasía del Padre Ferreira, venerado por una fe que debería ser inquebrantable, que abren las puertas a las dudas que parecen desear aquella confirmación para habitar ese lugar imposible de la fe, el que Kierkegaard señaló en los sobrevuelos de la cabeza de Abraham que estallan en la obligación no solo de asesinar a su propio hijo sino en su más brutal y extremo convencimiento, que exige el morar en el filo de una navaja que convierte las cosas en su opuesto con la velocidad de un rayo (¿es piedad o crueldad ver morir en la tortura a familias enteras por no pisar una imagen?), con Kichijiro abjurando una y mil veces, siguiendo los designios de Dios traicionándolo y confesando solo para volver a traicionar (en “Tres versiones de Judas”, Borges presenta la imagen del traidor plegada con la de un héroe), – ¿no es el traidor el más ferviente creyente, entregándose al suplicio que significa convivir con la deslealtad a una certeza? –, peripecias que culminan en el mano a mano con Ferreira, que justifica su infidelidad en la imposibilidad de conversión bajo la pantalla de una comunicación siempre fallida (en la ilusión de entenderse, unos hablan de Cristo y otros ven el sol), reduciendo la evangelización a una confusión de niveles que Spinoza detectó, con las nociones comunes que sin embargo nunca alcanzarán el universo, iluminado solo cuando se esfuman y dejan al descubierto la textura irreducible que permitirá la abolición de esta inteligente miseria.