Un fracaso renovado

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Un fracaso renovado

«Pero, dado que podemos unir cualquier movimiento de la glándula, o por consiguiente de los espíritus, a cualquier volición, la determinación de la voluntad depende enteramente de nuestros propios poderes, por lo tanto si determinamos nuestra voluntad con decisiones seguras y firmes en la dirección a la que queremos que tiendan nuestras acciones y asociamos los movimientos de las pasiones que queremos adquirir con dichas decisiones, adquiriremos un dominio absoluto sobre nuestras pasione.”….»Qué entiende, le pregunto, por la unión de la mente y el cuerpo? ¿Qué concepción clara y distinta tiene del pensamiento en la unión más íntima con una determinada partícula de materia extensa? En verdad me gustaría que explicara esta unión a través de su causa inmediata. Pero tenía una concepción tan clara de que la mente es distinta del cuerpo, que no podía atribuir ninguna causa particular a la unión entre los dos, o a la mente misma, sino que se vio obligado a recurrir a la causa del universo entero, es decir, a Dios. Además me gustaría saber qué grado de movimiento puede conferir la mente a esta glándula pineal y con qué fuerza puede mantenerla suspendida. Pues ignoro si la mente puede agitar esta glándula más lenta o más rápidamente que los espíritus animales.

(De “Ethics”, Spinoza)

«I never hear the word ‘escape’ / Without a quicker blood / A sudden expectation / A flying attitude / I never hear of prisons broad / By soldiers battered down, / But I tug childish at my bars – / Only to fail again!» (77, Emily Dickinson)

Wayne Strider, como cualquier ciudadano normal, no puede menos que escandalizarse de los métodos de Greg Scarpa, el matón de la mafia que el FBI selecciona para casos que necesitan ser resueltos («A cualquier precio», “By Any Means”, película de Elegance Button), como si aplicara la máxima spinoziana de que solo lo que pertenece al mismo atributo es capaz de modificar la cadena de causas que inevitablemente quedarán intactas si se pretende influenciar desde cadenas ajenas, dificultad epitomizada en su esplendor en el Descartes de Spinoza, que no tiene otra opción que acudir a Dios para dar vida a su imposible glándula pineal, el eslabón perdido que une alma y cuerpo, en un terreno en el que no es posible definir un dominador: mitad espíritus animales, mitad pensamiento, encarnados en un pedazo de materia, condición que ya lo destina a una materialidad que se pretende resistir sin éxito, heterogeneidad que condena a la consciencia (a la manera de la sirena de Penrose, con su cuerpo en la física de la Relatividad y su cola hundida en el impredecible universo cuántico), siempre desorientada y plena de culpa por la necesidad de emplear la misma racionalidad que lo que se pretende combatir para lograr algún efecto, oponiendo pasión a pasión, terror a terror, en la impotencia del pensamiento para lograr una libertad que se le niega terminantemente en el terreno del que quiere escaparse, entregado a solidificar los barrotes en cada intento de liberación, a pesar —o quizás provocado— por esa aceleración de la sangre en la expectativa de un escape que siempre estará a un paso del fracaso.