El precepto

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El precepto

«Por lo tanto, lo mejor que podemos hacer, mientras no poseamos un conocimiento perfecto de nuestras emociones, es elaborar un sistema de conducta correcta o preceptos prácticas fijas, guardarlo en la memoria y aplicarlo de inmediato a las circunstancias particulares que de vez en cuando nos encontramos en la vida, de modo que nuestra imaginación quede completamente imbuida de ello y esté siempre a nuestra disposición. Por ejemplo, entre las reglas de la vida, hemos establecido que el odio debe superarse con amor o una mentalidad elevada, y no exigirlo con odio a cambio… Debemos tener en cuenta que, al organizar nuestros pensamientos y concepciones, siempre debemos tener en cuenta lo que es bueno en cada cosa individual, para que siempre podamos estar decididos a actuar por una emoción de placer.”… “Por lo tanto, es cierto que quienes más gritan contra el abuso del honor y la vanidad del mundo son los que lo codician con más avidez. Pues también un hombre pobre, que es avaro, habla sin cesar del mal uso de la riqueza y de los vicios de los ricos, con lo que no hace más que atormentarse y demostrar al mundo que es intolerante, no solo con su propia pobreza, sino también con las riquezas de otras personas.» (De “Ethics”, B. Spinoza)

«Water is taught by thirst / Land – by the Oceans passed. Transport – by three – Peace – by its battles told–» (135, Emily Dickinson)

La oposición del pastor Mulas a vender su tierra a la poderosa inmobiliaria milanesa («La vida es así», película de Ricardo Milani), direcciona hacia una empatía basada en el resentimiento, alimentando, contra todo pronóstico, lo peor de las emociones, esas basadas en el dolor y cuyo fin es restringir lo que los cuerpos pueden, bajo la excusa de ponerse del lado del más débil, deseándole el mal al poderoso, obviando la verdadera receta del pastor, que consiste en apegarse a un código de conducta (que también es susceptible de ser considerado conservador en su aparente apego al territorio), único capaz de liberarlo de la ignorancia de las variadas razones que cada uno tiene para construir el condominio que todos imaginan como el fin de la pobreza en el pueblo —pronóstico imposible de sostener en la ignorancia de la cadena de causas que ha traído al presente—, espectadores todos (habitantes del pueblo, hijos de Mulas —con la excepción de su hija capaz de leer lo que va por debajo— y los sentados en sus butacas) que utilizan los elementos para incrementar el odio, sin reconocerse en lo mismo que rechazan, privándose del intento de ideas adecuadas, cuya ausencia (posiblemente definitiva) es mitigada por el manual que al menos impide hundirse en el desasosiego que nos privará de ser mejores, escapando a lo que limita para entregarse a la fórmula que todo lo abre con el amor que la necesidad provoca, apelando a un precepto vacío pero que al mismo tiempo refleja la más poderosa acción, como en la escena final en la que todos bailan gracias al obcecamiento sin sentido del Pastor.