El espejo del universo

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El espejo del universo

«En realidad, es poco probable que hombres acostumbrados a las supersticiones de Egipto, incultos y sumidos en la más abyecta esclavitud, hayan tenido una idea sólida sobre la deidad, o que Moisés les haya enseñado algo más allá de la regla de una vida correcta, inculcándola no como un filósofo, como resultado de la libertad, sino como un legislador que los obliga a ser morales por autoridad legal. Por lo tanto, la regla de vivir correctamente, la adoración y el amor de Dios, eran para ellos más una esclavitud que la verdadera libertad, el don y la gracia de la deidad. Moisés… los aterrorizó aún más con amenazas si transgredían sus mandamientos, ofreciéndoles muchas promesas de bien si los observaban; tratándolos así como los padres tratan a los hijos irracionales. Por lo tanto, es cierto que no conocían la excelencia de la virtud y la verdadera felicidad.» (De “A Theologico-Political Treatise”, B. Spinoza)

«After great pain a formal feeling comes —

The nerves sit ceremonious like tombs;

The stiff Heart questions — was it He that bore?

And yesterday — or centuries before?

The feet, mechanical, go round

A wooden way

Of ground, or air, or ought,

Regardless grown,

A quartz contentment, like a stone.»

(341, E. Dickinson)

«Después de un gran dolor viene un sentimiento formal–/ Los nervios se sientan ceremoniosos, como tumbas; el corazón rígido se pregunta: ¿fue él quien lo soportó?/ ¿Y fue ayer o hace siglos?/ Los pies, mecánicos, dan vuelta por un camino de madera, de tierra o aire o nada; / crecidos en indiferencia, / un contentamiento de cuarzo, como una piedra.» 

El desdoble de obra de teatro dentro de película, más que un recurso de guión, copiado ya muchas veces en la facilidad que brinda para desplegar caracteres, tiene la particularidad de exponerse fractalmente (“Opening Night”, película de John Cassavetes), desde la representación “The Second Woman”, en sí misma una superposición, pasando por la vida de Myrtle y Maurice (pareja en la escena y por fuera) hasta llegar al matrimonio de Gena Rowlands y Cassavetes, duplicando roles que no encajan, como si se asistiera a la distorsión de una imagen sobre otra, despertando la necesidad de Rowlands de despegarse de su marido en la vida real, el de la primera ficción por fuera de la obra de teatro que también necesita vaciar para que algo ocurra más allá de la letra que convierte todo en copia ridícula, en una insoportable imitación de sí mismo que agota cualquier intento de libertad – como si la letra tuviera que ser forzada para que presente el fantasma que emancipa, sin temor y sin esperanza, repleto de mandamiento pero exterior a la ley – Myrtle es y no es al mismo tiempo el producto del paso inexorable del tiempo, sino también el esfuerzo por desprenderse de esa «segunda mujer», quizás esa joven admiradora, muerta en accidente luego de pedirle su autógrafo, que ha quedado en el camino como tantos otros personajes de su vida, que deben desalojarse con la misma intensidad de su fractalidad para que, después de girar sin sentido, pueda aparecer el cuarzo, pleno de una indiferencia que espeja el universo.