

La renuncia
«De ello se deduce que solo vive según la ley divina quien ama a Dios no por el miedo al castigo o por amor a cualquier otro objeto, como el placer sensual, la fama o similares, sino únicamente porque tiene conocimiento de Dios o está convencido de que el conocimiento y el amor de Dios son el bien supremo.”…»El mundano no puede entender estas cosas; le parecen tonterías, porque tiene un conocimiento demasiado exiguo de Dios y también porque en este bien supremo no puede descubrir nada que pueda manipular o comer, o que afecte a los apetitos carnales, en los que se deleita principalmente, porque consiste únicamente en el pensamiento y la razón pura.» (De “A Theologico Political Treatise”, B. Spinoza)
«Renunciation – is a piercing Virtue –
The letting go
A presence – for an Expectation –
Not now –
The putting out of Eyes –
Just Sunrise –
lest Day –
Day’s Great Progenitor –
Outvie.
Renunciation – is the Choosing
Against itself –
Itself to justify
Unto itself –
When the larger function –
Make that appear Smaller –
that Covered Vision –
Here -«
(745, Emily Dickinson)
«La Renuncia – es una Virtud punzante –
El dejar ir
Una Presencia – por una Expectativa –
No ahora –
El arrancarse los ojos –
Justo al Amanecer –
No sea que el día –
Supere en brillo
La Renuncia – es el Elegir
Contra sí mismo –
Para justificarse
Ante sí mismo –
Cuando una Función mayor –
Hace que aquello
que Cubría la Visión –
Aquí –
Parezca más pequeño.»
En Hollywood, los héroes no abandonan a sus familias ni a los que aman; más aún, no deben renunciar a la fama ni a los placeres, probablemente porque su única ventaja sea la fuerza bruta, exactamente la advertencia que el monje budista le hace a Musashi Miyamoto (Takezo) (la trilogía Samurai, películas de Hiroshi Inagaki), que decide balancear su Dao con la lectura de los Sutras – Takuan, otro monje, lo encierra en un altillo repleto de libros cuya letra le impide consumar su amor por Otsu o Akemi, que mueren por su amor, ambas comprometidas con Matahachi, abandonado curiosamente, o no, por su apego a una vida de placeres, como si el deseo se escapara de quien lo persigue, imposible en la dedicación de Takezo al encuentro de un Dao despiadado que exige un desapego brutal para que la espada corte en el lugar preciso de una ley eterna (Se puede recordar aquí el relato del carnicero de Zhuangzi, capaz de una precisión milimétrica, la misma necesaria para enfrentarse a dojos completos, con decenas de guerreros enfocados en su caza, rendido solo a una ley ajena a señores.) Musashi nunca sirvió a los poderosos – recordar acá que samurai significa «servir», renuncia que lo convirtió en un guerrero errante, ganándose la vida en el medio de sus mitológicos duelos, más de sesenta de los que salió victorioso, con el resultado de la escritura del Libro de los cinco anillos, clásico manual que Occidente ha convertido en recetas de guerra o de negocios, evitando la contrapartida que le impediría integrar la lista de best sellers: la promesa de un sufrimiento seguro sin recompensa, más que la inconcebible dicha de actuar contra sí mismo para desmoronar la fachada que siempre alienta a una adhesión que aleja del Camino, al que también debe renunciarse.