La ternura

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La ternura

«Las masas solo conocerán aquellas historias que puedan disponer más poderosamente su mente a la obediencia y la devoción. Sin embargo, las masas no son lo suficientemente hábiles para sacar conclusiones de lo que leen, sino que se deleitan más en las historias reales y en los temas extraños e inesperados de los acontecimientos que en las doctrinas implícitas; por lo tanto además de leer estas narraciones, siempre necesitan pastores o ministros de la iglesia que se las expliquen a su débil inteligencia.» (De «The Theologico-Political Treatise», B. Spinoza)

«This is my letter to the World

That never wrote to Me – /

The simple News that Nature told~ /

With tender Majesty /

To Hands I cannot see – /

For love of Her – Sweet-countrymen – /

Judge tenderly – of Me» (441, Emily Dickinson)

«Esta es mi carta para el Mundo / Que nunca me escribió a Mí – / las simples Noticias que la Naturaleza contó – / Con tierna Majestad / Su Mensaje ha sido confiado / A Manos que no puedo ver – / Por amor a Ella – / Dulces compatriotas – / Juzgadme con ternura.»

Bruno Winter no quiere conocer la historia de Robert Lander, el «Kamikaze» que se hunde a toda velocidad con su auto en el lago, ante la mirada atónita de Bruno, desde su camión (película «Im Lauf der Zeit» de Wim Wenders), aunque en su profesión se dedique a armar el celuloide de las viejas máquinas de proyección de cine de la misma manera que intenta rearmar la narrativa de su propia vida, al igual que Robert que precisa pasar por la imprenta de su padre para componer la página que lo ha llevado hasta ahí, en defensa de su aparentemente castigada madre, como si todo se exorcizara con la sucesión de letras o fotogramas, que no alcanza a frenar el horror que encuentran a cada paso del recorrido de su camión o de la moto con sidecar o del bote que los lleva a la casa de la madre de Bruno, para hilar esa narrativa necesaria pero insuficiente, como si toda sucesión de la serie solo pudiera ser comprendida de un vistazo, con el ojo de Dios que no admite progresión, que las letras, aun aquellas desprolijas en la cabina de bus-stop abandonada y repleta de símbolos en búsqueda de una eternidad que no surge como consecuencia de una narrativa que, de todas maneras, la porta, como si siempre fuera necesaria una exégesis, narración sobre narración, para completar un círculo que ninguno de ellos puede cerrar en la búsqueda de amor que el cine también procura («Weisse Wand», «pared blanca», es el nombre del cine en donde Bruno hace su última proyección), escribiendo en el tiempo y llenando su pared para que algo surja, dando noticias de la naturaleza al aire, sin garantía de destino, pero inundado de la idea capaz de conducir un mensaje a las manos del que no lo entenderá, como si todo no fuera otra cosa que un mensaje en una botella del que lo máximo que se puede aspirar es que sea juzgado con ternura.