La ajenidad del yo

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La ajenidad del yo

«Una sugerencia recibida en el estado hipnótico no se incorpora en la masa de estados conscientes, sino, dotada de una vida propia, usurpará toda la perso­nalidad cuando llegue su momento.»…» Aquí se encontra­rá, dentro del yo fundamental, un yo parásito que inva­de continuamente al otro.»…» Es todo el espíritu, de hecho, la que da lugar a la libre decisión: y el acto se­rá mucho más libre cuanto más la serie dinámica con la que está conectada tiende a ser el yo fundamental.»… » En resumen, somos libres cuando nuestros actos emer­gen de nuestra personalidad completa, cuando la expre­san.» (De» Henry Bergson Premium Collection»)

Parece ser que lo que conspira contra nuestra liber­tad son las ideas, sensaciones, emociones, presiona­das desde afuera con la fuerza y el método adecuado como para incrustarse en la legítima duración (¿pero no era que la duración es intrínsecamente heterogénea, propiedad que la hace in medible?) y gobernar desde allí la inautenticidad que define nuestras acciones desde la ajenidad del yo, como si fuera posible de­tectar lo que el espíritu dueño de la verdad ejecutaría de acuerdo a su trayectoria indivisible – y aquí estamos en otro problema que consiste en una evaluación permanente de un yo que cambia a cada ins­tante (¿como definiríamos el instante traspasado de contrabando desde afuera de la membrana que separa lo medible?), en una especie de resignificación continua de su pasado, presente y futuro (y aquí vemos un buen argumento por el que Pierre Menard pudo escribir el Quijote repetiendo (pero sin repetir) exactamente las mismas (pero no ya las mismas) palabras, en una supuesta clara diferencia con la idea entrometida, como si se quisiera conciliar la confusión confesada de ese núcleo al que se ha reconocido ajeno al princi­pio de no contradicción (conviven las paradojas más flagrantes y una idea consiste en todas las ideas) con la claridad de decisiones distintas (¿cómo sería el traspaso de la membrana que separa la verdad de la apariencia, esta vez, en una traducción de adentro hacia afuera?, con el objeto de identificar al advene­dizo que por una extraña razón no es capaz de inte­grarse al magma que nos compone y quizá, prolon­gando la audacia, tener la posibilidad de ejecutar la cura que todos deberíamos perseguir, que se convertiría en imposible si reconociéramos, con la mueca de horror que siempre despierta, que nuestras de­cisiones solo ingresan a nuestra consciencia una vez que hemos neutralizado mediante una racionalización rabiosa lo ajeno que nos gobierna.