

La consciencia y la brújula
«Todas las cosas son palabras del
Idioma en que Alguien o Algo, noche y día,
Escribe esa infinita algarabía
Que es la historia del mundo. En su tropel
Pasar Cartago y Roma, yo, tú, él.
Mi vida que no entiendo, esta agonía
De ser enigma, azar, criptografía
Y toda la discordia de Babel.
Detrás del nombre hay lo que no se nombra;
Hoy he sentido gravitar su sombra
En esta aguja azul, lúcida y leve.
Que hacia el confín de un mar tiende su
empeño.
Con algo de reloj visto en un sueño
Y algo de ave dormida que se muere.»
(«La Brújula», de J. L. Borges)
» Entonces se entendería que los antecedentes definidos dan lugar a una consecuencia definida dondequiera que la experiencia nos muestre esta sucesión regular; pero la pregunta es si esta regularidad también se encuentra en el dominio de la conciencia, y ese es todo el problema del libre albedrío” (De «Henry Bergson Premium Collection”)
Desde Zenón, la medición del tiempo se ha mostrado impotente para explicar el movimiento de la flecha – más que eso, la fórmula v=e/y, ha puesto en evidencia el caracter tautológico de todos los postulados científicos, a poco que se profundice – y vemos en esa ineptitud una renovada fuente de separación (¿no se podría hacer una historia de hitos de inicios de separaciones y conjunciones, como si en cada uno de esos puntos se produjeran las explosiones de palabras y teorías destinadas a nuevas unificaciones, en un juego imprescindible e interminable?), obligada para hacer lugar a la consciencia en el mundo de la materia que a la vez cuenta con el inestimable aporte de los éxitos científicos a los que Bergson no se atreve a desafiar – y no parece ser solo un prejuicio de época, toda vez que hoy, con otros ropajes, la ciencia continúa su reinado hegemónico, acompañado por el sentido común (que aunque en apariencia alejado de la relatividad o de las cuerdas, conserva su origen común) – forzado entonces a mantener ambos ámbitos, otorgándole a la materia definida por la ciencia de su tiempo (y este es el otro vasallaje que acepta, declarando de antemano su incompetencia para enfrentarse al progreso) la pasividad insulsa que regresa convertida en su contrario, en esa brújula que es empeño, reloj, ave y sueño.