El fulgor de eternidad

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El fulgor de eternidad

«Laplace lo formuló con la mayor precisión: ‘Un intelecto que en un momento dado conociera todas las fuerzas con las que la naturaleza es animada, y las situaciones respectivas de los seres que com­ponen la naturaleza, suponiendo que dicho intelecto fuera lo suficientemente vasto como para someter estos datos al análisis, abrazaría en la misma fór­mula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del más mínimo átomo: nada se­ría incierto para él, y el futuro, como el pasado, estaría presente a sus ojos’.»…» Porque el tiempo está aquí privado de eficacia, y si no hace nada, es nada.» (De «Henry Bergson Premium Collection») 

Un buen texto filosófico conserva a menudo una cuota importante de performatividad y por esa razón es siempre interesante – en realidad lo es por sí – demorarse en los pequeños detalles a la manera de síntomas que aparecen a manera de revelación, como representantes de otra cosa (podríamos – como en todos los casos – llevarlo al extremo – ¿no parece una estrategia socrática? – y pensar que todo está en lugar de otra cosa que lo acecha, haciéndolo temer y temblar) y así leemos la excepcional cita de Laplace, puro arte (seguramente esa es la razón de la extensión que se le otorga – no hay a lo largo del libro una cita más prolongada) que incita casi a una queja por la abolición del tiempo, reducido a la nada misma por efecto de la experien­cia sincrónica que no deja lugar a nada mas – cuál es el sentido de la diacronía cuando ‘el pasado, el presente y el futuro están dados en un solo instante? -, impidiendo que la creatividad tome un lugar (aunque la idea de infinitud que nos tras­lada Laplace ¿no tiene anidada la imposibilidad de la predicción, a sabiendas de la inverosimilitud de semejante intelecto que lo abarque (quedando a las puertas de otra aporía cuando nos damos cuenta que se nos aparece otro conjunto que debería incluir a todo más el intelecto que lo piensa, etc)?¿no esta­mos en la biblioteca de babel de Borges en la que reina la incertidumbre?), empujando a Bergson a una elección, como si la historia se tejiera de reacciones polares sucesivas como nos enseña la dialéctica que a la vez es la prueba fáctica de la función que ahora ostenta el tiempo, desplegándose en apariencia triunfal, ciego a su fracaso que le impide recono­cer el mismo instante pasajero como un repetido fulgor de eternidad.