

La mala consciencia filosófica
«La energía utilizable que el explosivo oculta se gastará, por supuesto, en el momento de la explosión; pero se habría gastado antes si un organismo no hubiera estado ahí para detener su disipación, con el fin de retenerla y ahorrarla.»…»Es como un esfuerzo para levantar el peso que cae. Es verdad, tiene éxito solamente en retrasar la caída.»…» En la actividad vital vemos, entonces, lo que subsiste del movimiento directo en el movimiento invertido, una realidad que se está haciendo a sí misma en una realidad que se está destruyendo a sí misma.» (De «Henry Bergson Premium Collection»).
Nuevamente es inevitable el paralelo de las ideas de energía en el medio de la revolución industrial (no olvidemos, de paso, el concepto de líbido Freudiano, extraído de los tratados de hidráulica que solo comenzaron a ser abandonados con la irrupción de su nieto haciéndolo pensar en la muerte como una pulsión mas allá del principio del placer, no más como su negativo -¿ no está esto ligado a la inexplicable aparición del mal en guerras y torturas?¿no hay en este asombro la intención de conservar un velo?), con la diferencia evidente de una especie de mala conciencia filosófica, toda vez que las restricciones son consideradas indispensables para realizar trabajo (está claro que la energía aportada a un cilindro sería inútil si no estuviera limitado el movimiento solo en el sentido del pistón) en física, mientras que se precisan de ciertos malabares para que entendamos como algo (cualquier cosa que esto sea) precisa de auto-limitarse para ser, conservando siempre el razonamiento limpio de la lógica clásica, impulsando a la ingrata tarea de postular nuevos dualismos, esta vez vida y materia, cuyos orígenes nos imponen nuevos desafíos, como si una vez elegida la división en dos, se estableciera una condena en abismo, descendiendo de polaridad en polaridad al infinito, impidiéndonos el pensamiento, atorado en la rutina de Sísifo que se le aparece una y otra vez, aunque de vez en cuando, producto quizás de tanto trabajo inútil, aparece la intuición, rápidamente descartada (adoptarla sería aceptar la destrucción de las páginas escritas y porvenir), de aquello que es y no es, que solo vive porque también es muerte y que nosotros, por una extraña vocación, nos empeñamos en acomodarlo en una cama de la que sobresale por los cuatro costados.