La evolución negativa

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La evolución negativa

«Pero nuestro cerebro, nuestra sociedad y nuestro lenguaje son solo los signos externos y diversos de una y la misma superioridad interna. Ellos cuentan, cada uno a su manera, el éxito único y excepcional que la vida ha ganado en un momento dado de su evo­lución. Expresan la diferencia de clase y no solo de grado, que separa al hombre del resto del mundo animal.»…»…la vida aparece en su totalidad como una inmensa ola…en un solo punto el obstáculo ha sido forzado, el impulso ha pasado libremente. Es esta libertad la que registra la forma humana.»… «(la intuición) arroja una luz débil y vacilante, pero que, de todas maneras, atraviesa la oscuridad de la noche en la que el intelecto nos deja.» (De «Henry Bergson Premium Collection»).

La extensión inevitable que los libros deben tener (a decir verdad, ese caracter forzoso es dado también convencionalmente -¿quien dijo que las canciones deben durar alrededor de 3 minutos sino es la industria discográfica y los hallazgos de una psicología entrampada con petición de principio sobre lo que pretende medir?) parece conspirar contra razonamientos que pretenden descender con la suavidad esperada en un pensador, como si mas tem­prano que tarde, después de tantos circunloquios, las frases enredadas entre sí le hicieran decir al autor lo que no quería decir, casi como la verdad de su discurso (aparece aquí en todo su esplendor la tontería de disputar acerca de lo que un autor quiso decir o la distinción de un «antes» y un «después» en la evaluación de los libros que al fin del día no pueden menos que desplazar contradic­ciones), como cuando nos encontramos con este tor­bellino centrífugo del que aparentemente somos la última capa y es aquí donde todos los intentos explícitos de evitar teleologías diversas, se caen), ofreciendo a la vida esa calidad de auto reflexión que nada puede igualar, llegando al pináculo en nuestra capacidad de generar opciones (de todas maneras se hace difícil pensar por qué la abundan­cia de alternativas debe esperar por nuestro intelec­to para hacerse realidad, cuando la vida misma, sin reflejarse, es una fuente inagotable de novedad), pagando, sin embargo, el alto precio de la oscuridad en la que nuestro cerebro nos subsume, diseccionando todo a su paso para generar oportunidades de acción que de todas formas están siempre ya acechando en la dura­ción, que, paradójicamente, queda anulada por la misma evolución que ella misma ha provocado.