La demora que convierte

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La demora que convierte

«Supongamos, entonces, que el principio en el que descansan todas las cosas, y en el que todas las cosas se manifiestan, posee una existencia de la misma naturaleza que la de la definición del círculo, o como la del axioma A= A: el misterio de la existencia desaparece, porque el ser que está en la base de todo se postula a sí mismo entonces en la eternidad, como lo hace la lógica misma.» (De «Henry Bergson Premium Collection»)

Es curioso como afirmaciones del sentido común (y también de las otras – científicas, sistemáticas -, es decir todas las afirmaciones) estallan de una u otra manera una vez que demoramos la mirada por algún momento (más allá del rechazo que nos causa, ¿no hay cierta similitud con técnicas de interrogación en la que la «verdad» surge dándole al sujeto la libertad de profundizar en sus propias afirmaciones? ¿no entrevemos la convicción socrática de la destrucción implícita de cualquier convicción?), por ejemplo, en este concepto de identidad que pasa desapercibido en su habitualidad pero que destila ajenidad cuando lo miramos de cerca (cuando un rostro es encuadrado por la cámara de cine por un tiempo, advertimos que ya es otro, siendo testigos de su imposibilidad (¿cuánto tiempo ha pasado desde que dibujamos la primera «A», pasando por el signo «=», hasta llegar a la segunda «A»?¿no esta también la razón por la que nuestro discurso es resignificado a perpetuidad, en su imposibilidad de repetición?¿y no es esta quizá la dimensión por la que el psicoanálisis es posible?), con la única alternativa la de eliminar el tiempo, de defini­tiva congelarnos en eternidad, de abolir en el lenguaje no es otra cosa que un perma­nente desafío a la identidad, insistiendo constante­mente en que» A» es otra cosa (cualquier gramática que impulsa al despliegue que siempre convierte lo que toca en otro), develando una escondida razón para callar, esto es la nostalgia por la inmovili­dad mística que dispone al Todo en lo eterno de la igualdad y de la lógica, necesaria para la comunicación que también se contradice a si misma, abriendo el terreno para la diferen­cia en su afirmación tajante de lo mismo, como si supiera que para ser es imprescindible ser otro, mostrándonos lo inviable de cualquier intento de escape, que, contra toda evidencia, se­guimos intentando, como si en esto también aplicá­ramos la regla de la conversión en la demora.