

La verdad última
«Cuando consideramos el admirable orden de las matemáticas, el acuerdo perfecto de los objetos con los que trata, la lógica inmanente en números y figuras, nuestra certeza de obtener siempre la misma conclusión, por muy diversos y complejos que sean nuestros razonamientos sobre el mismo tema, dudamos en ver en las propiedades tan positivas, un sistema de negaciones, la ausencia en lugar de la presencia de una verdadera realidad.»…»Cuanto más complejidad ponga el intelecto en su objeto al analizarlo, mas complejo es el orden que encuentra ahí. Y este orden y esta complejidad necesariamente le parecen al intelecto como una realidad positiva, ya que la realidad y la intelectualidad se vuelven en la misma dirección.» (De «Henry Bergson Premium Collection»)
La pelea luce desigual, toda vez que el vértigo diario volcado a la supervivencia, refuerza segundo a segundo una especie de realidad de segundo orden (¿no estamos aquí una vez más inmersos en el mito de la verdad convencional y verdad última, instalada, entre otros por una clase de budismo – y del que encontramos múltiples manifestaciones en la filosofía occidental, empezando por la caverna de Platón? -, sostenida por el deslumbramiento que nos provocan la precisión de los algoritmos (que de tan convincentes son el origen de nuestros temores de nuestro reemplazo por la Inteligencia Artificial que se revelan, sino infalibles, con un alto grado de exactitud en la inferencia y en la deducción, haciéndonos creer que lo que vemos es lo que es, cuando en realidad no es otra cosa que una mayúscula tautología (y estamos en la misma página que Wittgenstein cuando nos dice que lo que recibimos no es otra cosa que la malla (o maya, si queremos hacer énfasis en la ilusión) que hemos arrojado a ese manifold indescriptible; a partir del cual es imposible recibir sorpresas), dada la complicidad del intelecto con la materia (con algún lejano parentezco a los atributos paralelos y asombrosamente coordinados por el Dios de Spinoza) que extrañamente tienden al engaño (¿por qué la fuerza vital necesitaría de un rodeo para perderse a sí misma?), bloqueando la realidad positiva haciéndose pasar por ella cuando su virtud solo consiste en ocultar, aunque en este punto nos dejamos inundar por la revelación que nos muestra que el extravío, el rodeo y la demora, mas allá de su aparente vocación de apariencia, son la verdad última que inútilmente hemos estado buscando por detrás.