

Vida y muerte
“De modo que la libertad que de otra manera, como perteneciente a la cosa en sí misma, nunca puede mostrarse en el fenómeno, en tal caso también aparece en él, y al abolir la naturaleza que se encuentra en la base del fenómeno, mientras que este último en sí mismo todavía continúa existiendo en el tiempo, provoca una contradicción del fenómeno consigo mismo, y de esta manera surgen los fenómenos de la soledad y de la autoaniquilación.” (De “Works of Arthur Schopenhauer”)
Nuevamente encontramos la aparentemente inevitable danza de la polaridad (aunque debemos conceder que Schopenhauer, aún con muchas dificultades para probarlo, nos advierte siempre de todo problema de un pensamiento vivaz que se desenvuelve), con la voluntad libre y atemporal por un lado y por el otro el fenómeno en el que estamos enredados con necesidad inquebrantable, en esa cadena de causa y efecto inescapable, y vemos así con misericordia (misericordia que sin duda también merecemos por todas las humildes líneas que trazamos) el intento de atravesar los límites de conceptos ambos ajenos a través de alguna jerarquía teleológica que eleva al entendimiento a la expresión máxima de aquella voluntad eterna (nuevamente nos encontramos escasos de argumentos para erguirnos sobre una bacteria), descubriendo todo ese entramado ciego para todo lo demás (pero no está el entendimiento también sujeto al principio de razón suficiente y consecuentemente a la Maya que nos espanta?), que espeja a lo inmortal a partir de nuestro descubrimiento, como si la razón aún en la esclavitud que gobierna al mundo sin excepción, pudiera tomarse de la solapa para saltar el charco, aunque (como nos gusta abordarlo, emprendimiento demasiado humano), si recibimos la idea como metáfora, nos maravillamos instantáneamente en la presencia inmediata de la contradicción en lo real, epitomizada en esa voluntad que en su encarnación, en el mismo momento que desea la vida, anhela su propia muerte.