El fin del trayecto

Screenshot
Screenshot

El fin del trayecto

​»Para decirlo correctamente, el conflicto entre la gravedad y la rigidez es el único material estético de la arquitectura; su problema es hacer que este conflicto aparezca con perfecta distinción en una multitud de maneras diferentes. Lo resuelve privando a estas fuerzas indestructibles del camino más corto a su satisfacción, y conduciéndolas hacia ella por una ruta tortuosa, del modo que el conflicto se alargue y los esfuerzos inagotables de ambas fuerzas se hagan visibles de muchas formas diferentes.» (De «Works of Arthur Schopenhauer»)

​Uno de los problemas en el que nos arroja la ciencia es una especie de snobismo que pretende gobernarnos casi al ritmo de la moda, intentando robustecer o derribar afirmaciones metafísicas (¿y también fenomenológicas?) a partir de nuevas demostraciones de laboratorio, algo, hay que decirlo, alimentado también por unos cuantos filósofos que ceden a la tentación de lo apodíctico que se les ofrece — es curioso como casi todas las filosofías pretenden descansar en dudosas comprobaciones — y es por eso que nuestra lectura del párrafo anterior debe evitar la seducción de reducir su verdad a explicaciones modernas de la gravedad y la rigidez de los cuerpos para confirmar o destruir, desviándonos del viaje profundo que nos empuja a percibir el arte como esa demora que pliega la contradicción de lo real (¿y no es esta otra afirmación a ser derribada?) y pretende prorrogar indefinidamente su resolución, mostrándonos en el mismo gesto la imposibilidad que conlleva, porque el aplazamiento de los efectos de la gravedad a través de bifurcaciones de columnas y tabiques tiene el límite ineludible de una decisión en el que la prórroga que nos ha sido dada llega a su inevitable fin, para iniciar una y otra vez el mismo ciclo y quizás lo que defina aquel viaje artístico-espiritual-filosófico (si nos atenemos a posicionar la filosofía del lado de Sócrates) sea la lucha contra esa pereza que, una vez que hemos llegado al puerto que (¿lamentablemente?) ningún cuerpo puede eludir, nos quiere persuadir que el fin del trayecto por fin ha sido alcanzado.