

Los que triunfan al fracasar
“A medida que el amor por el debate se desarrolló entre los eleáticos, los megáricos y los sofistas, y por grados se convirtió casi en una pasión, la confusión en la que casi todos los debates terminaban debe haberles hecho sentir la necesidad de un método de procedimiento como guía.” … “Pronto se observó que en el proceso de volver a la verdad admitida en ambas partes y de deducir sus afirmaciones de ella, cada parte siguió ciertas formas y leyes sobre las cuales, sin ningún acuerdo expreso, no había diferencia de opinión. Y a partir de esto se hizo evidente que estos deben constituir el procedimiento peculiar y natural de la razón misma, la forma de investigación.” (De “Works of Arthur Schopenhauer”)
El horror de Platón a los sofistas se centra en el abismo al que nos lleva la verborrea vacía, el culto de una erística más cercana al deporte que a la filosofía y los intentos por eliminarlos no han cesado de ejercerse sin demasiado éxito — es muy probable que, sin buscar demasiado, nos encontremos con primeras planas que bien hubieran podido escribir Trasímaco o Calicles — aunque curiosamente, en sucesión constante, aparecen aquellos que declaran haber descubierto el bálsamo, como vemos en esta cita de Schopenhauer, que con una incipiente teoría de conjuntos hace gala de la facilidad con la que el problema es resuelto — solo es necesario acordar sobre el inicio de la cadena que nos la da el entendimiento y llegaremos todos siempre al mismo lugar, conducidos por la razón y sus formalismos — y más tarde Russell y Whitehead con su principia mathematica, torpedeado por Gödel y su teorema de la incompletitud (no ingresan aquí también los intentos fallidos de los lenguajes ideales que nos dejarían sin escapatoria) y nos asombra la ingenuidad de la aspiración que sorpresivamente descubrimos en nosotros mismos —¿o no desnuda la escritura esa pretendida certeza? — (y ‘Know thyself’ regresa siempre con inusitada fuerza), que nos ayuda a reconocer en ese chispazo lo posible y lo imposible sin separación, metamorfoseándose hasta lo indecidible, permitiendo de esa manera el paso conjunto de la compasión y de la iluminación que acompaña estroboscópicamente al fracaso.