

La luz escondida
»Lo que la observación sabía, un objeto dado externamente y recogido, y uno en la constitución del cual el sujeto que conoce no tenía parte, es aquí una condición ética dada, una costumbre encontrada que yace a la mano, pero una realidad que es al mismo tiempo la acción y el sujeto que la encuentra.» … «O de nuevo es conocer la ‘ley de su propio corazón’ como la ley de todos los corazones, sabiendo que la conciencia de sí es la reconocida y universal ordenanza de la sociedad: es la ‘virtud’ que goza de los frutos de su propio sacrificio, que trae lo que se propone hacer, es decir, traer la naturaleza esencial a la luz del presente real, y su goce es esta vida universal.» (De «The Collected Works of Hegel»)
Lacan — que sin duda leyó a Hegel — nos dice que, en el análisis, «el sujeto recibe su propio mensaje en forma invertida», dando lugar incluso al silencio, otorgándole al enclave analítico una efectividad garantizada, aunque el aval que se arroga no sea nada más que lo que acontece en la realidad, de la que el lenguaje es parte, que es la acción que el sujeto realiza y la contrapartida escondida que reclama visibilidad, mostrándonos siempre, si queremos ver — y está claro que no es un ejercicio que podamos hacer permanentemente, si intentamos (y aquí el verbo ‘es’ otra vez controversial) seguir viviendo—, el momento parcial que tomamos como el todo, cuando somos conducidos en un flujo que no se detiene, desarrollándose constantemente sobre su opuesto — pero lo que para nosotros es diacrónico, es en realidad una sola cosa— dándonos a la tarea de intentar traer a la luz aquello que paradójicamente solo acecha abiertamente, a la manera de esa carta secreta y prohibida que el genio de Poe hace demorar en el lugar más evidente y por eso mismo, el menos esperado.