

La Verdad última
“El elemento fluido y continuo es en sí mismo solo la abstracción de la realidad esencial, o es real solo como una forma definida; y que se articula a sí mismo es una vez más una ruptura de la forma articulada, o una disolución de ella. Todo el circuito de esta actividad constituye la Vida. No es lo que es expresado al principio, la continuidad inmediata y la solidez concreta de su naturaleza esencial; tampoco la forma estable, subsistente, el individuo discreto que existe por su propia cuenta; ni el proceso desnudo de esta forma; ni tampoco es la simple combinación de todos estos momentos. No es ninguno de estos; es el todo que se desarrolla a sí mismo, resuelve su propio desarrollo, y en este movimiento simplemente se preserva a sí mismo.” (De “On Scientific Knowledge”, por Hegel).
Apariencia y Realidad han sido siempre polos atractivos para la filosofía, sobre todo para aquellos que especulan con llegar a la Verdad, que desde Platón está condenada al olvido, bañados como estamos todos en el río Leteo — y de ahí también el mito del velo que de una manera o de otra, estamos obligados a correr a lo largo de nuestra vida —, para no hablar de las tradiciones budistas, con su Verdad última, despegada trabajosamente de la verdad convencional que se empeña en desviarnos en el error — y aquí también se perfilan las posturas inevitables, esta vez a la manera del progreso, de la progresiva detección del engaño, de la iluminación reservada aristocráticamente a unos pocos, del dominio, en fin, de las técnicas adecuadas de aquel que conoce y nos enseña—, pero Nagarjuna y Hegel (los especialistas ridiculizarán esta clasificación, sin darse cuenta que performativamente los ubica en la clasificación del inciso anterior) nos recuerdan que la Verdad última es la verdad convencional, que la revelación está en el movimiento frenético de ida y vuelta entre lo múltiple y lo uno, entre las cosas cotidianas y lo sublime, entre lo particular y el infinito, para liberarnos de cualquier yugo que obture nuestra capacidad inalienable de vivir esos momentos únicos, a la vez repetibles, en los que somos y nos disolvemos en todo lo demás al mismo tiempo.