La ética y la risa

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La ética y la risa

«Criticamos tanto al hombre ambicioso como buscando, honor más de lo que es correcto y de fuentes inadecuadas, y al hombre no-ambicioso como no queriendo ser honrado aún por nobles razones. Pero algunas veces admiramos al hombre ambicioso como teniendo hombría y amante de lo que es noble, y al hombre no-ambicioso como siendo moderado y autocontrolado, como hemos dicho en nuestro primer tratamiento del tema. Evidentemente dado que ‘gustar de tal y tal objeto’ tiene más de un significado, no asignamos el término ‘ambición’ o ‘amor al honor’ siempre a la misma cosa…Al no tener el medio un nombre los extremos parecen disputarse por su lugar como si este estuviera vacante de por sí.”… «Relativamente a la ambición parece ser no-ambicioso y relativamente a lo no-ambicioso parece ser ambicioso mientras relativamente a ambos separadamente parece en un sentido ser ambos juntos. Pero en este caso los extremos parecen ser contradictorios porque el medio no ha recibido un nombre.» (De “Nicomachean Ethics” por Aristóteles).

Ya hemos experimentado las paradojas a la que las virtudes nos someten — su comportamiento elusivo en función de la renovación de las circunstancias que ni siquiera se hacen plenas en la muerte (los que sobrevivan y las futuras generaciones también harán variar los contextos pasados como si por siempre fuéramos partícipes de un sueño y su interpretación) y la movilidad extrema de sus polos que, dados a algún vértigo de la razón, se sobreimprimen – pero en este texto parece mostrársenos una clave oculta (parece ser el destino de toda clave dejar solo el rastro que juega con nosotros, en una especie de Fort-da invertido — como si el nieto de Freud tuviera solo la ilusión de manejar el objeto, que en realidad lo manipula) cuando llama nuestra atención acerca de los nombres que establecen el freno al flujo de otra manera inmanejable de la razón y que en su ausencia desnuda lo que siempre hemos sospechado, esa coincidencia que solo se camufla con las definiciones que hemos ido cosechando a lo largo de nuestros razonamientos, presentándose como más o menos esquivas en todo intento, culminando con cierta imposibilidad en el caso del honor que no nos permite suspender el movimiento frenético de los extremos que disputan un solo lugar. Pero al mismo tiempo, después de una primera tentación de criticar a la razón por no darnos siempre  la oportunidad de tanta vibración (recordamos las luchas de Bergson por darle un lugar decoroso después de haberla condenado por la oposición a esa corriente a la que ambicionaba plegarse), reconocemos en la demora que los nombres provocan (y que en este caso, verdaderamente brilla en su ausencia) la paradójica ventana inesperada que nos abre al momento de cerrarla, incorporando en ese congelamiento el vértigo de la elección ética que solo deja de interpelarnos al momento en que, después de un esfuerzo ciclópeo, podemos dar paso a la risa.