

La justicia geométrica
«Porque la proporción es la igualdad de las proporciones, e implica cualto términos por lo menos.”…”…y lo justo, también implica por lo menos cuatro términos, y la relación entre un par es la misma que existe en el otro par; porque hay una distinción análoga entre las personas y las cosas. Así como el término A es a B, así C será a D, y por lo tanto, alternando, como A es a C, B será a D.”…»Esto, entonces, es lo que lo justo es – lo proporcional; lo injusto es lo que viola la proporción.”…»Estos nombres, ambos pérdida y ganancia, han venido de un intercambio voluntario; porque tener más que lo propio es llamado ganancia y tener menos que la participación original se llama pérdida.» (De “Nicomachean Ethics”, por Aristóteles)
Tenemos aquí una definición geométrica de la justicia destinada a entusiasmarnos — las razones, como siempre, son variadas, aunque una importante podría ser su capacidad para aislarnos del tiempo (Julian Barbour, entre otros, lleva la idea a la física y a la cosmología, apartando al tiempo por el solo uso de distancias y proporciones incluidas en el Big Bang o como quiera que se llame el origen) — pero que a la vez nos induce a cierta prudencia porque reconocemos en los símbolos A: B::C: D un resto que la proporción no parece brindar, más si recalamos en el esfuerzo de Aristóteles, en hacer comparables los términos (no debe asombrarnos la introducción del dinero como igualador de commodities) que nos hace sentido cuando debemos trazar bisectrices entre zapatos y veleros pero que acapara nuestra atención cuando nos centramos en los términos que representan personas (podríamos hacer de cuenta que A y B son dos individuos que se disputan los objetos C y D) introduciendo cierta inconmensurabilidad (a menos que pidamos ayuda a la ontología de Hartman que pondría en pie de igualdad a los cuatro términos, reconociendo objetos a las personas y a las cosas sin duda con el consiguiente precio a pagar a la hora de querer definir el «allure» o fascinación/seducción que los objetos (incluidos los humanos) despiertan en su retiro heideggeriano, con una demasiado enmarañada metafísica para ser verdad según la navaja de Ockham, que plegándose a la tendencia que algunos alegan ver en la naturaleza, reconoce solo las explicaciones más sencillas) que puede salvarse mediante la arbitrariedad de clasificaciones — en los tiempos de Aristóteles se podía generar la medida si A era libre y B esclavo y aunque se haya perdido esa claridad, nuestra época no está exenta de esos intentos taxonómicos y discriminatorios, directamente relacionados al poder — engendrando la distancia imprescindible para que la geometría actú y suscite la correspondiente justicia que llegado a este punto, no podemos menos que considerarla un tanto antojadiza y dependiente del poder de turno, elevando las alarmas acerca de las definiciones de lo que es bueno y lo que es malo, esencial para definir a las virtudes.