

Las fichas en cascada
“¿No tenemos, sin embargo, una palabra que no exprese disfrute, como felicidad lo hace, pero que indique satisfacción con la propia existencia, un análogo de la felicidad que debe acompañar necesariamente a la consciencia de la virtud? Esta palabra es autosuficiencia que en su significación adecuada, siempre designa solo una satisfacción negativa en la propia existencia, en la que uno es consciente de no necesitar nada. Ser consciente de esta libertad al seguir mis máximas morales, tanto como soy, es la única fuente de una inalterada satisfacción que está necesariamente conectada con ella y no se basa en ningún sentimiento especial. (De «The Critique of Practical Reason», por I. Kant)
»El proceso había conducido a la victoria de la creencia piadosa sobre la investigación crítica y la rebelión y se basaba sobre la represión de la actitud homosexual. Ambos factores resultaron en desventajas permanentes; la actividad intelectual permaneció seriamente debilitada.» (De ”The Wolfman”, por Freud)
En la película «Un fantasma a su servicio» (Pee chai dai ka), los espectros, más allá de su misión original de asustar siempre, se dividen en buenos y malos, con cierta capacidad de conversión para incluirse de un lado o del otro, pero siempre demostrando la imposibilidad de los vivos de escapar a su influencia, aterrorizándolos o consolándolos pero nunca relegados a la neutralidad sin impacto, distribuyendo su repercusión más allá de los deseos de los protagonistas que ven materialmente afectados sus destinos por sombras incontrolables, que Freud advierte como habitantes permanentes en el cuerpo (con independencia de la «realidad» de la escena primaria (cuya existencia es solo relevante para aquellos con prejuicios sin reconocer), relegada a una narración), moviéndose con la agilidad que tienen permitido las ánimas pero nunca diluyéndose por ningún conjuro (los relatos de buena prognosis de Freud —muy cerca del párrafo citado— para entusiasmar con su proyecto, no alcanzan para eliminar la sospecha de su continuo y exasperante deambular), haciendo pagar siempre un precio por la batalla, cambiando una angustia por otra en una cadena que parece haber empezado en el mismo momento de nacer, en improntas de llantos, brazos, palabras y cosas que lleva a pensar al inevitable dukha budista, esa rueda que una vez iniciada en el giro, sella su suerte (más allá de las diferencias de las contingencias individuales que sin embargo acentúan su igualdad), revelando ese gesto heroico de Kant en un apego a la letra con cierto aroma nirvánico —para seguir con las metáforas que le interesarían a Schopenhauer— como una ataraxia (cercana a sus admirados estoicos) que solo puede otorgar un frío manual que paradójicamente se sostiene, casi a la manera de un vampiro, con la sangre que sigue circulando a pesar de creer haber llegado al punto de no necesitar nada, al mismo tiempo que la pluma sigue dibujando las letras, consecuencias de la primera ficha que sigue volteando en cascada a todas las demás.