

El encuentro insoportable
«También por esto puedo entender por qué las objeciones más considerables que he encontrado hasta ahora en contra de la Crítica se centran en estos dos puntos, a saber, por un lado, la realidad objetiva de las categorías como aplicadas al noúmeno, que es negado en el departamento teórico del conocimiento, en el práctico afirmado; y por otro lado, la demanda paradójica de considerarse a uno mismo como sujeto de libertad como un noúmeno, y al mismo tiempo desde el punto de vista de la naturaleza física como un fenómeno en su propia consciencia empírica; pues mientras no se tenga una noción definida de la moralidad y la libertad, uno no podría conjeturar por un lado que se pretendía que fuera el noúmeno, la base del supuesto fenómeno y por otro lado parecía dudoso si era en absoluto posible formar alguna noción de ello, dado que previamente habíamos asignado todas las nociones del entendimiento puro en su uso teórico exclusivamente a los fenómenos.» (De The Critique of Practical Reason, por I. Kant)
El esquivo noúmeno al que la razón especulativa no puede acceder, gobernada por categorías que le obligan a ver parcelas útiles para perseverar en el ser, parece tener una chance de ser sentido en el ejercicio de la libertad, despojada de deseos e intereses (sujetos a una Maya que subsiste en la vivacidad de sus ilusiones), convertida subrepticiamente a una letra vacía a ser cumplida, a un mandamiento cuyo origen desconocemos, desprovisto de piedad en su definición de imperativo, ocasionando un cortocircuito de proporciones al reconocer a un agente que debe ahuecarse para habitar lo que lo excede, en la obligación de ser y no ser al mismo tiempo, intuición que Schopenhauer entrevió en la voluntad avasalladora que sucumbe ante un solo antídoto, la disolución nirvánica, inspiración para la pulsión de muerte de Freud que con otro giro inesperado, se transfigura, muy lejos de la libertad prometida, en el cumplimiento de otra ley que tiende a lo inorgánico, asistiendo a un trayecto pleno de eclecticismo, como si se saltara de grieta en grieta del laberinto ajeno a la esperanza, excursión interminable que a cada paso conserva la chance de sentir el plegado de lo vivo y de lo muerto, en una especie de inversión al Freud de Juanito (es importante que el tratamiento es realizado por su propio padre, admirador de Freud y deseoso de confirmar sus teorías, anotando las peripecias filtradas de su víctima-hijo) que ya no es sujeto de fuerzas instintivas a las que la represión pone un dique, sino un pequeño héroe que con herramientas inventadas intenta convertir a los caballos en el receptáculo de Lo Real con la excusa de lo reprimido, recibiendo en devolución el encarilamiento que lo obligará tarde o temprano, a desistir de ese encuentro extraordinario e insoportable.