

La fe del intersticio
«En pocas palabras, la visión de identidad génica (genidentity) que se ha explorado en el contexto de la psicología, la física y la biología, dice que la identidad a través del tiempo de una entidad X está dada por una serie bien identificada de estados continuos» … «esta visión insiste en la continuidad de estados más que en la existencia previa de objetos.»… «está basado en una actitud epistemológica (más que ontológica) relacionado con la ciencia.» … «La respuesta (de Hull) es que uno debería seguir la continuidad de una organización interna… La organización general de una entidad puede cambiar pero no puede ser interrumpida demasiado abruptamente.» … «Eventos importantes de fusiones simbióticas ocurren tanto al nivel del organismo como al de las especies.» … «Pero cómo uno elige adecuadamente qué proceso seguir?… Aquí es cuando se hace claro que uno de los principales intereses de la visión de genidentity es que pone el énfasis en un abordaje a los procesos, epistemológicos en lugar de ontológico.» (De «Everything Flows,» ed por Dupre, por T. Pradeu)
El desciframiento de la Piedra de Rosetta con el que Champollion revolucionó el mundo, muestra para ocultar (o señala para pasar de largo) un secreto a la luz del día que no es otra cosa que la necesidad absoluta de una función que relacione lo que se ve con lo que se conoce, o los trazos destinados para siempre a ininteligibilidad más plena como conjunto dominio y el conjunto de destino que Champollion comprendía (esta cadena hacia atrás da la ilusión de un último término que sin embargo vuelve a bifurcarse en el anclaje humano al mundo) – viene a la memoria la fascinación de Freud de este modelo para interpretar sueños, más libre que la rigidez de un simbolismo estático pero indefectiblemente atado a algo que ya por siempre se sabía en una elección siempre arbitraria (el papá-mamá criticado por Deleuze) —, resucitando una vez más el fantasma de Menón (conocemos lo que ya sabemos) y con él la confirmación de unas sospecha que la consideración de las fronteras borrosas, esta vez en biología, trae aparejada (igualmente es interesante ver las resemblanzas en los gráficos de las diferentes posibilidades de simbiosis en Hull con los diagramas de partículas de Feynman, ambos dando cuenta de resultados después de colisiones de eventos — partículas, ondas?, órganos?, virus?), esto es, la arbitrariedad de la selección volcada totalmente a una epistemología direccionada ya resignada a ser sólo útil para el armado de nuevos artefactos (que sin duda modifican el ser en el mundo — y en ese enjambre entrelazado posibilitan seguir engendrando formas) — abdicación que se resiste en la vocación de control —, arrasando a su paso la chance de una ontología que debe abjurar de sí misma si pretende preservar la fe en una intersticial y contingente gracia.