

Wu-Wei
«A fuerza de amor tienes que ganar el derecho a someterte a una restricción. La obediencia es la virtud suprema.”…»Estar tan dispuesto como sea posible es rezar para ser empujado, pero sin saber hacia dónde.”…»Actuar, no por un objeto, sino por necesidad. No puedo evitarlo. No es una acción, sino una especie de pasividad. Acción no-activa.»…”Para cualquier acto, considerarlo desde el punto de vista no del objeto sino del impulso, No:para qué propósito? Si no de dónde viene?»…»El bien absolutamente puro escapa completamente a la voluntad.»…”Somos siervos inútiles’, significa que no hemos hecho nada.”…»Ser solo un intermediario entre el páramo y el campo arado, entre los datos del problema y la solución, entre la página en blanco y el poema, entre el desgraciado hambriento y el desgraciado saciado.»(De»Gravity and Grace”, por Simone Weil)
La neurociencia (los nombres de las disciplinas van variando en la interacción con las objetos que ellas mismas crean, en una especie de circuito cerrado de fantasía con efectos en la vida diaria), parecen haber encontrado lo que ya conocían, la neurona que atesora el concepto – en los chispazos de electrodos que (hay que decirlo) se avienen a las más variadas interpretaciones, epitomizando, más allá de cualquier dudoso atisbo de verdad, la inveterada tendencia a refrendar una y otra vez el principio de razón suficiente (ese mismo gue Schopenhauer intuyó como el mayor obstáculo), único capaz de mantener el intercambio insertado en la misma lógica del Capital (las laboratorios cuestan dinero que debe rendir apropiadamente), obsesionado con la localización (no es casual el revuelo provocado por la acción a distancia cuántica que se atreve a llevar a juicio a la luz como fundamento, generando la compulsión a su doma – más allá de la verdad o falsedad de la teoría, cualquier cosa que eso signifique) y la identificación que abarca hasta la idea misma de autor, disuelta completamente en el Wu-Wei de un Dao sin dueño (Zhuang Tzu es un colectivo o una mariposa) que pretende no interferir con el enjambre de no sabemos que para que pase a través nuestro sin traducción, para que nos insufle como marionetas accionadas por un éter que señala una y otra vez a nuestra ceguera la imposibilidad de controlarlo todo awn en la proliferación infinita de capacidades de procesamiento con la que la IA promete y obnubila, dejando de nuestro lado la ciclópea tarea del despojo que habita en ese entredós de arte puro que no precisa de soportes privilegiados, dejando abierta la posibilidad que el golpe de gracia – ese que nos conmueve soltándonos milagrosamente de no tan inocentes gluones y neuronas — aparezca en el trabajoso ejercicio de nuestras manos, en un cálculo o en un poema.