El secreto profundo

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El secreto profundo

«Aquí Phaedrus los interrumpió, diciendo: no le respondas, mi querido Agathon; porque si solo pue­de conseguir un compañero con el que pueda ha­blar, especialmente uno buen mozo, ya no le im­portará la finalización de nuestro plan.»…» Muy bien Phaedrus, dijo Agathon; no veo ninguna ra­zón por la que no deba continuar con mi discurso, ya que tendré muchas otras oportunidades de hablar con Sócrates.» (De «Symposium»,» Plato: The Com­plete Works», por B. Jowett)

Los nombres propios nos sirven para personificar ideas que de otra manera solo flotarían fieles a sus orígenes sin rostro (es curiosa la avidez que presentamos en discriminar lo que un determinado au­tor dijo o no dijo, generando controversias que completan grandes extensiones de tinta), casi a la manera de la sonrisa del gato de Alicia, oca­sionalmente plasmada en un cuerpo, pero la mayoría de las veces sobrenadando en el eter (no es casual que hagamos participar a un medio siempre atacado por la ciencia con el que Lorentz demostró lo arbitrario de su destierro en su reinterpreta­ción a contracorriente del experimento de Michelson, abriendo al mismo tiempo la grieta por las que las afirmaciones científicas se diluyen en el paradigma que las contienen), recordando aquí a epítomes tan disímiles como Nagarjuna, Poe y Freud, que reflejan la brillante imagen de lo profun­do desplegado en la superficie (el primero, superponiendo verdad aparente y verdad última, el segundo en su carta demorada a la vista en la chimenea y el último, en el despliegue metonímico de las pa­labras y las cosas, subordinando el papel de la me­táfora), enemiga de los expertos que deben su aura a la presunción de un fondo al que se de­be llegar excavando con el mapa de los que saben, efecto que Phaedrus parece conocer muy bien, inte­rrumpiendo el diálogo con Socrates, a sabiendas que su intervención destruirá sin remedio a los sabios que lo precedieron en las definiciones del amor, pero también convencido – dando muestra de su agudeza – de la performativi­dad que la gestión de Sócrates trae a la reu­nión, toda vez que su desenrollado es en sí mismo lo que ni siquiera intenta definir, ansio­so de envolver al amado para transformarlo – prefigurando aquí las razones de Meleto para su condena, en el intento de ayudarnos a todos noso­tros a preservar el secreto ficticio al que tanto nos aferramos