La deslocación

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La deslocación

«Pausanias hizo una pausa – esta es la forma equi­librada en la que los sabios me han enseñado a
hablar; y Aristodemus dijo que el turno de Aristófa­nes era el siguiente, pero o había comido demasia­do o por alguna otra causa tenía hipo y fue obligado a cambiar de turno con Eryximachus, el médico, que estaba reclinado en el almohadón debajo de él. Eryximachus, dijo, deberías detener mi hipo o hablar en mi turno hasta que termine. Haré ambas cosas, dijo Eryximachus: hablaré en tu turno, y tu hablas en el mío; y mientras estoy hablando, déjame recomen­darte que contengas la respiración, y si después de haberlo hecho durante algún tiempo el hipo no mejora, entonces haz gárgaras con un poco de agua.» (Del «Symposium», «Plato: The Complete Works», por B. Jowett).

La falsibilidad, esa condición que debe ser cumplida para que una teoría sea tomada en serio, presenta problemas – como todo cuando se la toma con la solemnidad de una verdad – por el simple hecho de exigir interpretaciones diversas bajo el requisi­to de la confirmación empírica que debe su éxito a la amplitud de su alcance (es esa la razón de la victoria de Einstein sobre Newton, con la precesión de Mercurio como metáfora), obviando lo eviden­te, a saber, la inevitable selección de aquel alcance que escapa de la arbitrariedad gracias a la utilidad provinciana (que sigue siéndolo por mas que nos con­funda cuando hablamos del cosmos) – aquí podría­mos detectar la justificación al rechazo al psicoaná­lisis, no por el circuito cerrado y sin fin de inter­pretaciones que solo presenta superficiales diferencias con los tratamientos de las autodenominadas cien­cias, sino por su descarnada confesión de inutilidad, exiliándose a sí mismo de cualquier cura – que nos hace recordar la avidez en apariencia desmedi­da por las localizaciones, claves en la masterización de cualquier ámbito, como las que la neurofisiología intenta una y otra vez en nuestros cerebros, llegando al aberrante intento de pretender refutar las catego­rías kantianas en exserimentos con monos y ratas en laboratorios (que no significa postular realidades separadas de los cuerpos), momento en el que entra en escena el hipo de Aristófanes que en una mezcla de equivalencia e ironía, da paso al médico pa­ra que hable del amor después de ocuparse de la cura que en este punto la descubrimos como una simple excusa para continuar el discurso intermina­ble que debe su origen justamente a lo que lo aborrece.