El final que no puede ser

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El final que no puede ser

«En la filosofía del organismo no es la «sustancia» lo que es permanente, sino la» forma». Las formas sufren relaciones cambiantes; las entidades reales «perpetuamente perecen» subjetivamente pero son objetivamente inmortales. La realidad muriendo adquie­re objetividad, mientras que pierde la inmediatez subjetiva. Pierde la causa final, que es su principio interno de no-reposo.»…»Las ocasiones reales…la potenciali­dad ha pasado a la realización. Son un hecho comple­to y determinado, desprovisto de toda indecisión. Pero los objetos y proposiciones eternas, y algunos tipos de contrastes más complejos implican en su propia na­turaleza la indecisión…Su ingresión expresa la defi­nición de la realidad en cuestión. Pero sus propias na­turalezas no revelan en sí mismas en que entidades reales se realiza esta potencialidad de ingresión.» (De «Process and Reality», por A. W. Whitehead)

Las 10 u 11 (o más) dimensiones de la teoría de las cuerdas exigen soluciones para sus ecuaciones de «plegamiento» (es por eso, entre otras cosas, que no las vemos, que se multiplican hasta 10^500, número simbólico que significa pedalear en el vacío – es por eso que algunos se atreven a hablar de fracaso, aunque esa aparente fuerte afirmación se convierte en vacía en sí misma, correspondiendo a una cate­goría que no tiene excepción ni en ciencia ni en filo­sofía si la oponemos a la definición de un éxito que debería traducir todo a una explicación consis­tente y completa -, que nos hace pensar en la novedad contínua y vertiginosa que nos trae la crea­tividad Whiteheadiana (buen cruce de caminos para quien quiera postular preeminencias entre filosofía y ciencia), que fagocita a sus propios objetos, en una dialéctica que no da tiempo a solidificaciones (la concrescencia que los forma a partir de los con­trastes que incluyen emociones y proposiciones, se debería diluir al instante siguiente), en ese no-lugar exacto en donde la pura novedad se pliega a la pura determinación, como si la dialéctica, a pesar de su aversión a lo sólido, precisara esos instantes que nosotros nos encargamos de prolongar esa demora que la pura creación necesita para revelarse a sí misma, esa unificación momentá­nea (¿cuál es el espesor del tiempo aquí?) que convier­te la lava ardiendo en «entidades propias», a esta altura abstracciones que nos permiten seguir hablan­do mientras estas mismas palabras y la tinta que los forma replantean un escenario que no es el mismo ahora que al momento de este punto que se nie­ga a ser el fin de nada.